Un guerrero vivió su época temprana gloriosa. Ganaba todas las batallas y brillaba con intensidad.
También tuvo la fortuna de estar rodeado de gente maravillosa, en su familia y amigos. Lo amaban y se lo demostraban. Él les correspondía.
Así iba, de acuerdo a su tiempo y como buen guerrero, dominaba todas las artes para desenvolverse en cualquier área de su vida. Nada le faltaba. Era feliz.
Pero tenía una cualidad, que aunque parezca mentira fue también su gran defecto, su punto débil: Era leal. Sí, era fiel.
Al correr del tiempo fue perdiendo a sus seres queridos.
También tuvo batallas cruentas y perdió algunas. El mundo estaba cambiando, más violento, más carente de valores y principios. Sufrió algunas traiciones.
Por su característica de lealtad, no admitía que nuevas personas ocuparan los roles que iban desapareciendo. No había nadie más que pudiera ocupar el lugar de sus mejores personas. Y la desdicha se instaló en su ser.
Sus seres queridos se convirtieron en fantasmas, espectros. En cada vivencia aparecían quienes hubieran estado con él.
Pues por su lealtad no se daba permiso de aceptar a nadie nuevo. Se sentía solo, triste, abandonado.
Hasta que un día...
(El final queda abierto, a criterio de cada lector. Se aceptan todas las versiones con gusto).
