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domingo, 23 de septiembre de 2018

Cosas, casas, una

Estamos muy acostumbrados a ver que les pasen cosas a las cosas. Nosotros se las provocamos, sí, yo sé, pero no me diga que no decimos: se quebró el vaso, se cayó la taza, el mueble o cualquier objeto, se desclavó, destornilló, desbarató. Se le cayó una pata. Se le venció el respaldo, se estropeó, se echó a perder, se hizo añicos. ¿A poco no?

Amigo, no imagino a las cosas, ellas, todas inanimadas que son, tomando ese tipo de decisiones... no sé, no lo creo, aunque he visto de todo, me falta por ver.

Bueno... Pero con esa casa, se lo aseguro, pasó cosa diferente... yo seguido había oído, que las casas se hacen grandes con el tiempo en que vuelan los hijos o que se muere la gente, como dando de sí, igual  como nos pasa con los zapatos, que ya luego nos quedan flojos ¿verdad? Pero, en serio, esa casa sufrió un fenómeno inverso, créame, como que yo mismo se lo estoy diciendo.

Se fue escogiendo, que ahora ya no le entraría ni un palillo. Siendo que le cabían: fiestas, risas, voces, convivencia, ecos, juegos, música, cantos, uno que otro chirrido, incluso llantos y ayes, como en cualquier casa. Mucha gente, claro.

Pues...  se hizo tan pequeña, que ya no le cabe nada de nada. Se lo juro. Tendrán que derrumbarla. Solo espero que luego no vayan a decir, que se derrumbó.
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