Ni desolada, ni traicionada, ni vulnerable. Nada de eso estaba la mujer que antes fuera muñeca. Estaba simple y llanamente sola. Soledad total, sin amigos, sin familia, sin nadie que pudiera extenderle la mano para salir de ese valle oscuro. Solo el silencio fue su aliado, quien le golpeaba en el pecho la manera tan absoluta en que se entregó a todas las personas que creyó que lo merecían y le aparecía en su mente, cada instante crucial en un sinfín de distanciamientos y rupturas.
Durante muchos años contó con alguien incondicional y que la mujer creyó que sería para siempre. No estoy hablando de un hombre, ese tipo de dolores ya eran cosa pasada y mínima a comparación. No, nada de abandonos o rupturas amorosas, eso fue mientras era muñeca. Esta vez se trataba de una compañía muy superior, más que amistad, más que familiar.
Sintió que esa persona la defraudó y fue lo que la sumió en ese valle de negrura cruel. Pensó que nada había valido la pena, pensó ¿Para qué tanto andar?
Lloró, todo lo que se puede llorar durante ocho meses. Las lágrimas le brotaban hasta por un buenos días, por un perro que se atravesara en la calle o por el canto de algún pájaro aburrido o sediento. Por cualquier pretexto. La tristeza la envolvía.
El silencio que fue tan cruel, porque propició que su mente corriera a velocidad vertiginosa, fue su salvación. Concluyó que ella había hecho lo correcto. Amar, querer, apreciar, dar, sin ninguna medida, ni condición, recibiendo nada a cambio. Nada. ¿Nada?
¿Qué más necesitaba, si quedaba ella? Una mujer hecha y derecha, completa con su corazón intacto, increíblemente, después de la hecatombe, del desfile de personas que no la valoraron. Habrá muchas más personas que puedan merecer su aprecio, su amor, si acaso vuelve a querer a alguien más que a ella misma, que siempre debió ser primero que todos y no lo hizo. Priorizó a los demás, antes que a ella, porque pensaba que así debía ser y que todos lo hacían igual.
Una noche, en que seguía llorando, escuchó a Eva, su amiga, quien desde hacía años estaba muerta: ¿Que te pasa, muñeca, no llores más? Eva, una segunda mamá, la consoló desde no se sabe dónde. Eva, la que le decía "muñeca". Allí fue cuando la mujer, salió de la oscuridad.
-- ¡Temblad, malditos!, como dijera el buen amigo Artur en su comentario en la entrada anterior del blog; que la mujer, antes muñeca, ya nació.
Creer o no creer.
Personaje ficticio o la que lo escribió. Cada quien saque su conclusión. Tienen esa libertad. Tienen permiso hasta para entrar en la circunstancia.
Fin.