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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Nidos, segundo septiembre 19

He tenido la suerte de poder acercarme siempre a los magos de la naturaleza, los animales, que tanto enseñan.

He tenido la mala suerte de ver muchos nidos caer, después del inmenso esfuerzo  de los pajarillos para construirlos.

He tenido la suerte de ayudar a polluelos caídos y llorar de felicidad al verlos por fin volar.

Nadie mejor que las aves, para mostrar que hay que volver a construir un nido cada vez que se caiga y volver a cantar en cuanto amanezca, con las alas enlodadas ¡Qué importa! Celebrando la suerte de seguir vivos.

He tenido la pena de ver a México (con X, por favor) en una noche muy larga... de lustros, décadas, quizá siglos. Deseando con fervor que por fin regrese el día.

Sin embargo en esta penumbra, en este negro que ya parece infinito, el espíritu de esta raza de bronce sigue brillando, como las luciérnagas que están en el árbol, mientras escribo y que sin tanta negrura no hubiera podido pecibirlas.

Ellas hoy secan mis ojos, con su intermitencia de belleza y bondad y voluntad, con que me hacen entender que hay que volver a juntar hojitas y materiales, para volver a construir muchos, muchos nidos, para los hermanos que hoy están cobijados y abrazados con solamente el sueño de un mañana.

Quienes agradecen a Dios por estar de pie en el fondo del pozo, lloviendo sobre mojado y pidiendo perdón al hábitat, a los dioses ancestrales, a la Virgen de Guadalupe, en el sincretismo mexicano (con X por favor) por lo sucedido, de lo que no tienen culpa.

Y cantando vivas por cada ser que se rescate en estas horas interminables post terremoto, sin tiempo para llevar un luto... así como las aves.

*Gracias a todos quienes se unieron a mi-nuestro pesar. Su dotación de cariño es medicina.


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