... no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro. No quiere decirse que el oro sea menos verdad que la palabra, y sí, tan solo, que la palabra de la verdad no se escribe con oro, sino con sangre (o con mierda de moribundo, o con leche de mujer, o con lágrimas).
La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar. El cómplice del escritor es el tiempo, y el tiempo es el implacable gorgojo que corroe y hunde la sociedad que atenaza al escritor. Nada importa nada, fuera de la verdad de cada cual. Y todavía menos que nada, debe importar la máscara de la verdad (aun la máscara de la verdad de cada cual).
El escritor es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencia sin fin, capaz de dejarse la vida -y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas- a cambio de un fajo de cuartillas en las que pueda adivinarse su minúscula verdad (que, a veces, coincide con la minúscula y absoluta libertad exigible al hombre).
Al escritor nada, ni siquiera la literatura le importa... El escritor nada pide porque nada -ni aun voz ni pluma- necesita, le basta con la memoria. Amordazado y maniatado el escritor sigue siendo escritor. Y muerto, también; que su voz resuena por el último confín del desierto...
Parte de su nota a la cuarta edición del libro:
"La Colmena"
Ed. Bruguera
Camilo José Celá
1916-2002,
Premio Nobel de Literatura 1989
Premio Cervantes 1995
y una larga lista de premios más.


