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jueves, 5 de febrero de 2015

Si el escritor...

... no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro. No quiere decirse que el oro sea menos verdad que la palabra, y sí, tan solo, que la palabra de la verdad no se escribe con oro, sino con sangre (o con mierda de moribundo, o con leche de mujer, o con lágrimas).

La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar. El cómplice del escritor es el tiempo, y el tiempo es el implacable gorgojo que corroe y hunde la sociedad que atenaza al escritor. Nada importa nada, fuera de la verdad de cada cual. Y todavía menos que nada, debe importar la máscara de la verdad (aun la máscara de la verdad de cada cual).

El escritor es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencia sin fin, capaz de dejarse la vida -y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas- a cambio de un fajo de cuartillas en las que pueda adivinarse su minúscula verdad (que, a veces, coincide con la minúscula y absoluta libertad exigible al hombre).

Al escritor nada, ni siquiera la literatura le importa... El escritor nada pide porque nada -ni aun voz ni pluma- necesita, le basta con la memoria. Amordazado y maniatado el escritor sigue siendo escritor. Y muerto, también; que su voz resuena por el último confín del desierto...



Parte de su  nota a la cuarta edición del libro:
"La Colmena"
Ed. Bruguera
Camilo José Celá
1916-2002,
Premio Nobel de Literatura 1989
Premio Cervantes 1995
y una larga lista de premios más. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Tiempo

¿Qué eres, Tiempo?
¿El amigo o el tirano?
Si yo te necesito
para los encuentros y los sueños
y luego tú vuelas mientras yo me fugo
como si fuera nada,
en el remolino de tus entrañas.

"Eternitud" debieras ser
para el regocijo que deseo retener,
pero tú, tan desconsiderado en eso
que no me das tregua...
Hoy mismo quisiera que ya fuera marzo
y a la vez no quiero que avances
porque tiempo no vivido es perdido
y bien vivido quisiera prolongarlo.

Dime:
¿Qué eres para el reo que espera que pases?
¿Qué eres para el amante que quiere detenerte?

¿Qué eres tiempo?
si inmaterial has sido capaz
de ir marcando mi vida, mi rostro,
mi cuerpo, a tu constante paso.
Y yo que sí ocupo un espacio
no puedo hacerte nada... nada.

Tú sí me vas cambiando
y me lo corroboras
con tus odiosos: tic tac tic tac
que marcas en mis sienes
y me retumben en el pecho
a pesar de que yo no te veo
y tampoco te quiero
porque dependo de ti.




viernes, 30 de enero de 2015

El triángulo amoroso

Otra mujer, solo eso podría justificar el cambio tan radical de su marido. Demasiadas llegadas tarde, contradicciones, explicaciones extensas no pedidas, regalos sorpresivos, cansancio, distanciamiento, malhumor, escasez de dinero. 

Maye, decidió después del mensaje: "No me esperes despierta", sorprenderlo. Ya no quedaba más que afrontar.

Consiguió otro coche y a toda prisa llegó a la salida del estacionamiento de la oficina, de donde él sale apresurado y toma por la avenida que comprende la zona dorada. Se estaciona en una plaza comercial, ante la puerta de una tienda departamental, por dónde cruza, para recorrer el inmenso pasillo, hasta el extremo opuesto -con la prisa de quien llega muy retrasado a su cita- donde queda el área de restaurantes y bares. Maye, ya está segura de que será el encuentro imaginado. Aunque, él pasa indiferente y vira hacia un casino, al que entra.

-¿Para qué tanto rodeo, pudiendo estacionarse frente al casino? ¡Por supuesto que este cabrón viene a encontrarse con otra! Dispuesta a encararlos... mantiene su persecución. Ve como lo saludan con gran familiaridad y lo acompañan hacia una mesa de ruleta, con su dotación de fichas y su trago habitual.

Ella lo observa en su gana-pierde-gana-pierde, con ira y vergüenza. No sabe si hacia él o hacia sí misma. Duda en irse o, quedarse y personarse.

Pero, él la descubre antes: "Maye, no sabía que te gustaba venir al casino", de haberlo sabido antes -es su saludo-

-Mnghrgh... es qu... -ella sin poder articular respuesta, sintiéndose ridícula y expuesta-

-¡Ven amor, vamos a las maquinitas!

Con suerte de pichón, Maye gana a las primeras... tiene para entretenerse toda las noche. Él regresa a las mesas, por emociones más fuertes. Salen al amanecer.

Así continúan... Citándose en el casino, o ya esperándolo Maye dentro, a cada salida del trabajo de él, noche tras noche, que se hicieron una sola, durante los pocos meses en que perdieron absolutamente todo, por su excitante triángulo amoroso con la suerte.