"Hay que aceptar los cambios" -Bien, los acepté.
"No hay que oponerse" -De acuerdo, no me opuse.
"Deja pasar" -Bueno, que pase lo que sea.
Y así, con esa feliz-onda-feliz,
me hice nómada,
nada de lo que había hecho recordé. Es más, boté/quemé mi historia.
Hice turismo constante:
territorial,
laboral,
social,
emocional,
espiritual. [Turismo total.
Claro, con la gran incertidumbre
y tremenda ansiedad
que conlleva.
Permití ser sustituída.
Sustituí todo, también.
¡Fuera apegos!
Sin compromiso con nadie,
en éxtasis individualista y
cachondismo personal.
Fluía, fluía... hasta que fluí por un resumidero.
"Fluye con el universo". Y lo hice, fluí más...
Hasta que en el mar.
cruce una corriente y otra y otra, sin querer.
O ellas me traspasaron a mí. No sé. En esas afluencias,
la voluntad de uno
ya no cuenta, ni influye,
ni sirve para analizar mucho.
Más líquida que el agua
y más cambiante que
el mercado bursátil.
A punto de quedarme
en ese estado tan de hoy,
un accidente divino sufrí,
-por el cambio climático, quizás-
en un día que pasó del sol abrasador a la nieve, en un instante...
¡Floopt!, me congelé
Y rodando, rodando, por sobre la superficie de la fluidez de los mares cósmicos,
siendo diminuta canica,
alcance un páramo.
Allí... estando a punto de regresar a líquido y luego a vapor,
para ser tragada por el aire,
pude no fluir más.
Y mandé a volar todo lo que se opone a mi estado sólido.
Ya no desecharé nada a la primera dificultad, como cuando era líquida.
Eché el ancla.
*Esto me surgió, gracias a Zygmunt Bauman, quien tan bien describe la modernidad líquida.