Y resulta que cuando alguien nos explica algo que no conocemos. O sea, para que sepamos. Pensamos que esa persona desea que creamos en ella, cuando su único interés es ilustrarnos sobre equis tema.
Y mientras más ignoramos, más contundentemente exclamamos: ¡Está usted equivocado!
Y así vamos desaprovechando la oportunidad de saber. Porque no creemos en lo que no vemos. Y cuando vemos aquello en lo que no creemos, decimos que no vemos o volteamos para otro lado, o sacamos el capote como si estuviéramos en la Plaza Grande o trivializamos o nos conectamos mejor al feis, para no ver y para no aceptar la realidad si difiere con nuestra escala de creencias, que más nos acomodan, que más nos afianzan a nuestra zona de confort.
Entonces, optamos por distanciarnos y desestimar a quien nos estaba favoreciendo con su dedicación. Porque queremos solo a quienes piensan como nosotros. Tenemos una especie de amor gremial, no amor del corazón. Y por eso, al mundo se lo está cargando la chingada.