Un día del año 2020
(veinte veinte),
el destino,
amaneció de genio
y cuando vio pasar
al tiempo muy alegre
y de la mano
con la gente,
en todas las direcciones,
se llenó de envidia
y les metió una
zancadilla,
con el mayor dolo posible.
La gente rodó y rodó
y sigue rodando.
Y al tiempo,
se le descompuso
el mecanismo que lo contenía
y se le vuelan
sin cesar los segundos,
como si fueran los pétalos
de una florecilla
de diente de león.
Así se quedaron
sin que nadie pueda detenerlos.
El destino tampoco,
dicen que se horrorizó,
al ver lo que provocó,
pero nada puede
hacer tampoco
por remediar los efectos
de su acto tan ruin,
convertido en encantamiento.
Solo llora. Solo sufre
por tanto desperdicio y daño
innecesario, en una era,
que podría haber sido
gloriosa.
Él mismo está siendo
el más dañado.
Cielos... que no todos
los cuentos tienen
su final feliz.