Cada vez que deseaba cambiar de lugar, le surgían imprevistos que lo obligaban a quedarse.
Cuando deseaba volar, la tierra le reforzaba sus raíces, para impedirle irse.
Así fue que pasaron sus mejores primaveras.
Ahora en pleno invierno, se afana por dar cobijo a diferentes familias de pájaros errantes, cuando hacen sus escalas yendo rumbo al sur y, son ellos quienes le cuentan lo que hay detrás del horizonte, que escucha con emocionada atención.
Lo goza y ya no intenta irse. Piensa que no volverá a tener el deseo de irse, al menos no lo ha pensado en los últimos tiempos, por eso echó tantas raíces, pero como su esencia inquieta es fuerte, todo puede pasar. Ser árbol no debe ser ninguna limitación, podrá ingeniarse alguna salida, con tal de no quedarse donde mismo.
Ya le dirá su estrella lo que deba hacer.




