La realidad se rompe, se destroza, se desintegra. Y es complicado mantener las buenas expectativas. Pero solo hay que mirar un poco hacia atrás para darnos cuenta de que siempre ha sido así, incluso peor. Y que la diferencia es que en tiempos pasados, eran otros los que sobrellevaban las dificultades, carencias y problemas, de manera más estoica que hoy, para que nosotros (niños) pudiéramos más o menos no enterarnos de los efectos de esa realidad rota.
Tristemente, los niños hoy, reciben los golpes de la realidad a diario, solos y sin sus padres a la mano para resguardarlos, o al menos explicarles de qué se trata.
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Hoy, el joven (15 años) que fuera hace un par de años, el niño más activo, travieso y dinamita del barrio, está fumando en el parque, mirando con gesto muy amargado su celular. Sentí una puñalada. Mucho me dolió.
No me corresponde ser yo una vez más, quien deba decirle qué hacer o no.
¿Sus padres, dónde están?
Y si los busco para informarles: ¡A usted qué le importa, déjelo que experimente y viva su vida, ya está grande!, será su respuesta.
Como las muchas veces en que todavía niño, me acerqué a él o a sus padres para prevenirlo de accidentes y demás consecuencias.
Crecen a la buena de Dios. Y espero que Dios lo cuide lo suficiente, porque ese chico siempre busca aventurarse y no tiene quien lo ame lo suficiente para retenerlo. Hoy es un simple tabaco...