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miércoles, 26 de junio de 2013

La tragedia de los gordos



Cuentan los aldeanos, que todos nacieron iguales, pero que un día les cayó una maldición.  A unos pocos de ellos, se les presentó la ocasión de comer en demasía… todo tipo de manjares, como si el mundo se fuera a acabar, hasta que ya no pudieron parar: se hicieron adictos a comer. Y dicen que desde entonces, no descansan, pues lo único que les importa, es ser más y más gordos. Obsesionados, ellos.

Paradójicamente, exigen a las mujeres de su propiedad, para conservar su sitio preferencial, ser bellas, divertidas, jóvenes, y principalmente: ¡delgadas! Ellas, les complacen en todo, se hacen adictas a los lujos que les otorgan los gordos, con que palian cualquier desdicha, que ellos les causan. Pues ellas, también, un día probaron y ya no pudieron detenerse.

Cuando los gordos se divierten con las otras o los otros, pues de tanto probar, llega el momento en que todo les sabe igual; las mandan a ellas, para que no estén de oquis, a hacer “obras caridad” hacia los flacos. Flacos a los que ellas detestan, lo mismo que los flacos a ellas; pero es como compran prestigio y condecoraciones, para las fotos de diarios y revistas del glamur, para que sus gordos puedan engordar más aún. 

Esa es la tragedia de la aldea. Los flacos dependen de ellas, ellas dependen de los gordos, y los gordos de los flacos; para poder, gracias a ellos, seguir engordando más y más y más. Ese triángulo, se transforma en círculo, haciendo que todos los habitantes de la aldea corran como hámsteres, en la rueda de la que ninguno logra salir disparado, pues es la misma rueda, que entre todos se esfuerzan por mantener girando y de la cual nadie quiere realmente bajarse.