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domingo, 7 de julio de 2013

El segundo vals



Don Mariano salió decidido de su casa, dejándose guiar por la memoria y la firmeza de su bastón, al que ya más bien iba colgado como un hilacho, por la fragilidad que a su cuerpo, le trajo la edad. Bajó muy raudo los declives del camino, de su pueblo minero, hasta llegar al puente que conecta con las oficinas principales de gobierno. 

Frente a la reja que resguarda el edificio, muy cerca de la entrada principal, tomó aliento, ojeó alrededor, se quitó el sombrero, lo puso a un lado de su bastón en el suelo. Rezó una oración, calculó, midió, probó y se ajustó la soga, con el mismo entusiasmo con que se pusiera la corbata el día en que se casó con Mercedes, décadas antes, en la misma fecha y hora. Miró al cielo y se dejó caer de rodillas, confiando en que no le serían útiles al arrepentimiento. 

Fueron escasos y acariciantes segundos, comparado con la asfixia de sus últimos años: viudo, anciano, enfermo y sin pensión, como todos los que como él, dejaron todo lo que fueron dentro de la mina, en que al cerrarla, ni para emprender en pequeño, les indemnizaron.  

Mercedes y sus amigos de siempre, lo recibieron con demasiada felicidad, con su platillo favorito, la mesa puesta y tortillitas recién hechas a mano. Fue muy fácil con su determinación, salirse de un solo intento de aquél cuerpo destartalado y tembleque,  para elevarse y bailar su segundo vals, con su mujer, irresistible… seductora y olor de gardenia.