Don Mariano salió decidido de su casa, dejándose guiar por la memoria y la firmeza de su bastón, al que ya más bien iba colgado como
un hilacho, por la fragilidad que a su cuerpo, le trajo la edad. Bajó muy raudo los declives del camino, de su pueblo minero,
hasta llegar al puente que conecta con las oficinas principales de gobierno.
Frente a la reja que resguarda el edificio, muy cerca de la
entrada principal, tomó aliento, ojeó alrededor, se quitó el sombrero, lo puso a un lado de su bastón en el suelo. Rezó una oración, calculó, midió, probó y se ajustó la soga,
con el mismo entusiasmo con que se pusiera la corbata el día en que se casó con Mercedes, décadas antes, en la misma fecha y hora. Miró al cielo y se dejó caer de
rodillas, confiando en que no le serían útiles al arrepentimiento.
Fueron escasos y acariciantes segundos, comparado con la
asfixia de sus últimos años: viudo, anciano, enfermo y sin pensión, como todos
los que como él, dejaron todo lo que fueron dentro de la mina, en que al
cerrarla, ni para emprender en pequeño, les indemnizaron.
Mercedes y sus amigos de siempre, lo recibieron con demasiada felicidad,
con su platillo favorito, la mesa puesta y tortillitas recién hechas a mano. Fue
muy fácil con su determinación, salirse
de un solo intento de aquél cuerpo
destartalado y tembleque, para elevarse y
bailar su segundo vals, con su mujer, irresistible…
seductora y olor de gardenia.
