No sé la marca de los electrodomésticos, si acaso alguno había, ni que estuviésemos ansiosos por adquirir el mejor y último modelo de objetos. Ni cómo era la fachada de la casa, ni los nombres y la cantidad de estrellas de los hoteles
cuando vacacionamos. Ni la angustia de pagar cuentas por haber comprado de
más, o por presumir de lo que no podíamos tener...
Pero, recuerdo perfectamente, que ya fuera con frío o calor,
con lluvias o sequedades, bonanzas o escaseces:
-Nunca me faltó el mejor cuento, sueño, ilusión,
compañía, abrazo y beso de mi madre. Inolvidable
su aroma, dulzura, ternura, comprensión y también firmeza.
-Tampoco me faltaron los juegos, bromas, “chanzas” y ocurrencias, de los
hermanos, con que nos reíamos todos juntos.
-Así como la gran sensación de seguridad, respeto y
protección, de saber que mi padre estaba llegando a casa, después de trabajar
todo el día. Un gusto y un orgullo era recibirlo de vuelta.
No creo haber estrenado mucho, siendo yo la quinta y más
chica. Pero recuerdo como si hubiera
sido hoy, que al arreglarme mi madre cuando salíamos a pasear, mi papá me hacía darme una vuelta frente a él y que luego me decía: “¡Guau! Quedaste como una verdadera "estrella de cine”... Yo no
dudada que era esa "estrella de cine”, ¡si lo decía mi papá!... dándome con eso, toda la seguridad en mi misma.
Hoy, ningún objeto, ni todos los lujos juntos,
me levantarían más alto en cada caída, que aquellos momentos tan
felices, que se quedaron adheridos a cada partícula de lo que soy y, razón primera para
defender con la fuerza que sea necesaria, que
nada, ni nadie, me haga perder el sabor único, sutil y anisado que tiene la
felicidad.
