Hoy Chihuahua decidió bañarse. Bueno, en realidad desde ayer. Tenemos una ciudad de lienzo sabatino: atrapados por todos los matices del gris de un día nublado. Empiezan a surgir todos los colores que habían estado ocultos, desde sus escondites, de las casas, edificios, banquetas, calles.
Brotan de los jardines una, dos, cien flores, cada una con el deseo vehemente de ser la más bonita. Se escuchan sus risas, exclamaciones y una que otra discusión, tan sutiles como una emoción espontánea. Yo no sé que sea eso, pero suena a algo bonito.
Y, los cerros detrás de todo, imponentes, un poco más que el día que nos conocimos. Aquel día tan café y un poco lejano, que me marcó de evidencias de cerro las rodillas. Cuando entendí que las evidencias son muy ardorosas, al restregarlas mi madre con alcohol y merthiolate. Por eso pienso, que los cerros huelen a merthiolate, a barro y a mi madre.
Brotan de los jardines una, dos, cien flores, cada una con el deseo vehemente de ser la más bonita. Se escuchan sus risas, exclamaciones y una que otra discusión, tan sutiles como una emoción espontánea. Yo no sé que sea eso, pero suena a algo bonito.
Y, los cerros detrás de todo, imponentes, un poco más que el día que nos conocimos. Aquel día tan café y un poco lejano, que me marcó de evidencias de cerro las rodillas. Cuando entendí que las evidencias son muy ardorosas, al restregarlas mi madre con alcohol y merthiolate. Por eso pienso, que los cerros huelen a merthiolate, a barro y a mi madre.
Hoy Chihuahua es una ciudad contenta y agradecida con el cielo, por sus humedades, ya tan ansiadas, en este verano inclemente, que ha exagerado el bronce en mi piel.
Hoy en Chihuahua, los árboles estremecen sus ramas muy animosos, conteniendo en sus hojas todas las gotitas brillantes, que saltan desde lo más alto, para ofrecerles vida a todas las aves y abejas que llegan.
Hoy Chihuahua es un dulce poema, que puedo tocar desde el portal donde estoy, al salpicarme de caricias el rostro, para delinearme en la mente cada una de mis facciones, lo que casi nunca suelo advertir.
Me gustaría que dentro de aquel barquito de papel que se acerca, apareciera yo timoneando, por el río que se ha formado en la calle, para dar saltitos y agitar mis manos, mientras grito insistentemente: ¡Esto es la vida!...
Jajaja... ¡Allí estoy!, ¡de verdad! con 5 años apenas, pero, ¿que pasa!... no pude agitar las manos, ni brincar, cuando pasé junto a mí, por tanta corriente, y principalmente por los ladridos de Guango, que no sabe de éstas cosas... Pero intuye que algo muy lindo ha sucedido, en lo que también se empapa de lluvia.
¡Ojalá qué la lluvia llegue a todas las tierras en sequía, como la que habíamos estado padeciendo nosotros, hasta antier!








