... Eso fue para mí un placer irresistible, hasta que transitamos por aquella ciudad, al día siguiente del huracán, día que más bien era noche, que la sustituía una nueva noche y muchas más, hasta quedar cubiertas -mi hijita y yo- por una apariencia de eternidad negra, como es cuando se reciben, bocanadas furiosas de la naturaleza.
Escuchábamos solo nuestros pasos (de dos), que nos escalaban hasta nuestros pechos, para desgarrarnos las gargantas. Llorábamos brisa salada y nos lloviznaban lágrimas, que chupábamos con la ansiedad de no tener una gota de agua limpia para beber -cuando todo en aquella ciudad era agua- viendo al mar, a manera de despedida, todavía dibujando con fango sus últimos graffitis, en los escasos muros y calles que lograron salvarse.
Se multiplicaban los sonidos de nuestras pisadas -eso quisimos creer, y nunca lo discutimos- con sus ecos, y otros ecos, leves, simples, razonables, hasta que se apoderaron de todo lo que escuchábamos ecos endemoniados, al sentir únicamente la nada penetrante del despojo en el ser, de lo que no pueden hacer dos, que no encontraban a ningún otro ser a quien ayudar y tragándonos nuestra vulnerabilidad de madre e hija, totalmente expuesta.