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martes, 18 de enero de 2011

La Mujer Brava


Por:  Héctor Abad


"Hay momentos en que ese 96% de hombres, logra que las mujeres que no somos tan lindas, mansas y dulces, nos sintamos muy solas, impotentes e incomprendidas... Entonces, surge un hombre ¡hombre!, perteneciente al 4% y dice: "Mira, lee lo que dice Héctor Abad" ¡No te sientas tan perdida! Lo comparto para que esas mujeres no duden ni claudiquen, como a veces yo quisiera hacerlo,  y para aquellos hombres que deseen ser más que un 4%"... ¡Vale la pena leerlo!

Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido.

Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc.

En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos.

A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y  por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca.

Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros.

Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. 

Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas, ¡les tememos!

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio.

Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios.

Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado.

Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar.

Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas... Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas.

 Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza.

 Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!

sábado, 15 de enero de 2011

Nam Mioho Renge Kyo

Con todo el amor. Si cada uno logra una poca de luz, entre todos iluminamos al mundo. ¡Hace falta!

Daimoku, BudismoNichiren. Solo relájate, repite las palabras y abre tu corazón.

 NAM MIOHO RENGE KYO...

miércoles, 12 de enero de 2011

Ilusión Creativa


La escritora absorta tecleaba. Anocheció, amaneció, anocheció... Muchas jornadas. Sus dedos hacían magia, sin titubeos, como si tocara de memoria el piano. Pegada a su silla, sin percibir su entorno, concentrada solo en esa pieza de arte, notas altas, notas bajas. Se dibujaban las palabras en la pantalla, enlazando a otras nuevas, más atractivas, como si le estuviesen dictando. Vibraba conmovida por el sentido de la composición que surgía fluida.

No había logrado antes una concentración tan profunda, como esa ocasión. Le apareció una alerta de mensaje a su correo electrónico, que siempre mantenía abierto, para enterarse de los últimos acontecimientos de  su ciudad revuelta. Ignoró el mensaje. Se mantuvo en su empeño. A los pocos minutos, otra alerta. Cerró su correo.

Faltaba ya muy poco para concluir su escrito. Se levantó, fue a la cocina por café, encendió un cigarrillo, miró hacia el jardín, no supo si anochecía o amanecía, no se preocupó por investigarlo, regresó para leer el último párrafo. Se estaba escribiendo en el monitor una carta, a mano, en una caligrafía impecable, con pluma fuente, era la presentación de una señorita que deseaba pedirle un favor, por lo que le pedía que abriera su correo, para que leyera los mensajes donde le daba instrucciones.

La escritora pensó que sería otra de esas cartas de estafas a través de imposibles transferencias de países inexistentes, venta de viagra o pócimas  milagrosas.  Quiso borrar el escrito, pero no pudo, insistió, nada.  Ha de ser un nuevo tipo de virus, pensó.

"Por favor, es muy necesario que entre a leer mis mensajes", se escribió de nuevo en su pantalla, "F".  Y desapareció toda la carta de inmediato.

Se dispuso a continuar escribiendo, el teclado no respondía. Se deslizó el mouse hasta su mano. -Bueno, bueno, cómo tú lo decidas Florencia... ¡Florencia!... A ver.

Estaban 2 mensajes, en vez de nombre, aparecían flores rojas. De nuevo pensó que podía ser algún virus. Regresó a su escrito, lo resguardó. Abrió el primer mensaje, con algo de miedo.

"Gracias por su gran amabilidad señora, primero le diré que no me llamo Florencia, comprenderá que en virtud de que seré muy famosa a partir de este año, he usado ese nombre para resguardarme del público, en realidad me llamo Lucrecia". Describía sus características personales, profesión, gustos.

 -¡Cuánta humildad!, exclamó la escritora. -Seré muy famosa (remedó). Pero en automático se fue al segundo mensaje.

Más afectuosa que en el primer mensaje, la aborda haciendo alusión a la obra que la escritora estaba escribiendo.

-¿Cómo? ¡Cómo! Lucrecia Florencia, Florencia Lucrecia. ¿Cómo sabe lo que he estado haciendo?, pensó.

- La he estado observando en estos días, ha pasado un mes, yo le he estado dictando lo que ha estado escribiendo.

-Revisa la habitación la escritora.

-No tema, no podrá verme, ni trate de hacerlo. Pero si lo desea puedo enviarle una foto... ¡Ya está! Esa soy yo, tranquila... He estado buscando por todo el mundo, pero nadie me ha podido ayudar, yo creo que usted puede hacerlo. Seguían escribiéndose las palabras de Lucrecia. 

-Bueno... ¿Cuál es el favor que desea pedirme? ¿Qué es eso que no han podido hacer los demás por usted?

- No es fácil, pero estoy segura de que usted podrá comprenderlo... por su actividad. En realidad no es nada tan extraordinario, es un simple favor.

La escritora solo asiente con la cabeza, ya sin ninguna posibilidad de negarse.

- Lo único que deseo es que se ponga en contacto con mi escritor.

- ¿Qué, que?

- Mmm... Sip, yo soy la protagonista de una novela que está en proceso.

La escritora sorbe su café ya helado, sin concebir lo que está leyendo.

-No se asuste, se lo suplico. Estamos en la era de la tecnología y hay que utilizarla...  Todos los personajes la utilizamos ¿No lo sabía? No quiero que por ningún motivo me pongan Lucrecia.  ¿Como me dirían, no tiene compostura: Lucry, Lucrecita, Lucrita, Lucrosa? No me gustaría pasar a la posteridad con ese horrible nombre. ¿A usted le gustaría llamarse así?, ¿verdad que no? Sin embargo, usted se muere y ya, "descanse en paz... fulanita de tal". ¿Quién lo sabe, quién lo supo? ¡Nadie! Pero un personaje de un escritor probable Premio Nobel, siempre seguirá llamándose como le bauticen, por todas las generaciones futuras ¿Usted cree que deba llamarme Lucrecia? ¡Sea sincera!

Escríbale, mañana le mando su dirección de correo... dígale de mi parte que deseo llamarme Laura.

-¿Por qué no su nombre, Florencia es un bonito nombre? -¡No! ni se le ocurra, así se llamaba mi abuela y ella era muy rígida, lo único amable de ella era el nombre ¡Me quiero llamar Laura!

La escritora se fue a dormir. -¿Quién carajos será ese escritor tan intransigente?, ¿cómo que ponerle Lucrecia a alguien así de linda? ¡Mañana me va a escuchar!