No pudo retenerlo. Él le dijo que siempre si la cambiaría por la Barbie (apodo con que ella bautizó a la otra mujer, no por bella, sino porque había que ser bárbara, para soportar a alguien como él).
…Se preparó para el adiós con todo el dramatismo posible, una despedida lenta y bien estudiada como su táctica “X”. Pero él, con la arrogancia de quien está consciente de que otra lo está esperando, mantuvo su decisión.
Entonces ella, utilizó su táctica “Y”, en una combinación de “Dolores del Río” y “María Félix”, enjugó con violencia sus últimas lágrimas (de ese día) elevando la ceja derecha, con duro semblante y voz muy aguardentosa (no porque hubiese bebido, sino por el llanto) y pronunció:
“Nunca encontrarás a ninguna otra mujer, que te ame… ni más, ni mejor que yo… ¡Sábetelo!, grábatelo muy bien, yo por ti sería capaz de dar la vida, si fuera preciso, sería capaz de todo. Mujeres tan… así… como yo, ya no hay”.
Como si escuchase: “Ojalá que te vaya bonito”, él avanzó hacia la salida.
Ella, se aproximó y lo abrazó. Él la esquiva con rapidez. Ella, al estilo “actor de doblaje” en película barata, se auto lanzó con mucha fuerza, para simular brusquedad, tratando de chantajearlo… La ignoró, pero se arrastró por el piso, como soldado con camuflaje en la selva y le tomó de un pie, después, logró asirle de las dos piernas… Él se liberó nuevamente y salió de su casa.
Ella, utiliza su recurso “Z”, gritarle, no supe qué, pero por lógica, algo debió gritarle.
Transcurren años y más años. Ella arranca muchas hojas del calendario y otras se caen solas, incluso algunos calendarios, pues desde que se fue el hombre, ni siquiera un buen martillo quiso conservar, para no recordarlo…
A él, le duró esa Barbie muy poco. Y, para no dejarse abatir, empezó a vagar frenéticamente en el mundo de todas las Barbies. Entre una y otra, surgían aquellas palabras, que le retumbaban en sus noches de insomnio, junto con la escena de despedida y muchos pasajes que con toda la abnegación Maclovia (así se llamaba) tan linda, antes de que se hiciera tan teatrera, le dejó grabados.
Pero (él) siguió cerciorándose de que no existiera otra que lo amará más y mejor, hasta que por fin se convence y presuroso, decide volver con Maclovia… 20 años después (bueno, no tan presuroso, aunque 20 años no sea nada).
Maclovia con la ayuda de su gente, terapias, el tiempo y muchas canciones: baladas, boleros y rancheras, logró bajar de la montaña rusa emocional, para instalarse de planta en la felicidad.