Hace unos instantes le platicaba a mi amigo José Vicente, que no hay nada que no pueda vencer una muralla de buen humor y risa. Que los problemas huyen despavoridos cuando llegan ante una persona que es capaz de no tomarse tan en serio a sí misma, ni a la incertidumbre, ni a los problemas más grandes.
Trabajé de compañera de una chica muy amargada, que más le amargaba verme todos los días con una enorme sonrisa. O que así sucediera lo que sucediera, siempre encontraba la manera de reírme, si era posible a carcajadas, ¡qué mejor! Pero nunca lograba arrastrarla a mi mundo hilarante y divertido.
Un día le pregunté: ¿Por qué eres tan amargada? ¿Por qué siendo tan joven siempre estás con ese gesto adusto, duro, impenetrable, de pocos amigos? Puntos suspensivos… más puntos suspensivos… muchos puntos suspensivos. Siempre que se hacen preguntas frontales y agudas, hay que dejar que los puntos suspensivos fluyan libremente. (Pues aunque no queramos, de todas formas aparecen, jajaja) Hasta que la persona a quien le corresponde el turno, pueda romper ese flujo ensordecedor de silencio. Momentos en que así transcurran solo unos segundos, parecen ser prolongadísimos, casi eternos.
Después de ese suplicio (Jajaja, suplicio es una palabra que usaba mucho mi mamá y que tenía muchísimos años sin recordarla, en este caso aplica muy bien). Después del suplicio en que nos envolvió el silencio por mi deseo de derrocar amarguras en la compañera. Ella me dijo: ¡Es que tú nunca has tenido problemas, por eso siempre andas con esa alegría! Si vivieras mi vida, traerías otra cara muy diferente (¡juaz!)…
Solté la carcajada más estruendosa que me hubiera oído desde siempre, cuando pude serenarme le pregunté ¿Puedes escucharme chiquilla? En un tris, le narré “mi historia del tabaco” como dijera un viejo amigo. Le platiqué los principales detalles de mis caídas y levantadas, sobre mis principales fracasos, de mis pérdidas, de mis desamores, de todo a todo.
Como me dijera otro amigo bloguero hace poco “Tu eres una película de Fellini”. Que yo para no escudriñar mucho con el arte de Fellini, al que no conozco tanto… Lo traduje a mi modo y a mi entorno... película de “El indio Fernández” en sus peores producciones, y para colmo de bajo presupuesto (o sea un dramón, tanto, que hasta linda con el surrealismo, jajaja).
Yo veía como abría sus ojos enormes, de los que corrían lágrimas y más lágrimas, conforme yo avanzaba en mis asuntos, que como yo ya me los tenía muy masticados, más que dolor, ya me provocaban mucha risa, pues en retrospectiva, cuando se sanan las heridas, suelen ser las cosas así ¿o no?
Cuando vi que ya la estaba torturando demasiado, (pues ya tenía cara de Alex en la terapia en la película “Naranja Mecánica”, con todo lo que yo la obligué a escuchar) volví a reír.
Se sintió muy desubicada con sus lágrimas, mirándome reír. Eso hizo el momento más cómico. Le dije: Para saber reír con todo y nuestra alma amiguita, hay que haber vivido… No conozco hasta ahora, ningún problema tan grande, tan grande, que no se sienta horrorizado ante una persona capaz de reírse de sí misma.
Luego, soltó una preciosa carcajada y me dijo: ¡Yo pensé que nunca habías tenido dificultades y eso me molestaba mucho de ti, me amargaba verte tan alegre siempre! Allí se nos abrió otra oportunidad de reírnos por mucho rato más. No podíamos parar de reírnos.
Nos hicimos amigas y convertíamos todos sus dramas en comedias, con mis preguntas o acotaciones. Y siempre al final de nuestro diálogo divertido, estaba aguardándonos la solución, a todas luces, ¡reluciente!
Después de esa catarsis estruendosa, quién no es capaz de reconstruirse y de levantarse con más fuerza, cuantas veces sea necesario, de lo que sea…El buen humor es lo mejor de la vida, aunque la vida no siempre sea color de rosa, jajaja.