En la aldea en que vivo, desde el principio, en cada
casa aunque viven también personas con muy diferentes costumbres, no faltaba la armonía, gracias a la integración, el amor, etcétera.
En un lugar muy visible, erigieron
un castillo blanco muy hermoso, entre
personas que fueron llegando de todas partes.
Admirábamos
su belleza, pero nos
manteníamos con la misma armonía, sin necesitar nada de lo que poseían en el castillo, porque lo nuestro bastaba para ser felices. Quienes iban a visitar, regresaban encantados, pero muy convencidos de que era más
bonito vivir sin tantos lujos, con la gente querida, unida y todo eso.
Los dueños del castillo, al
no poder alcanzar la armonía de los aldeanos, por estar tan diversificados, carentes de identidad y muchos otros factores que por hoy no vienen al caso, fueron inventando muchos
escapes para paliar su soledad, insatisfacción y vacío, a través de las cosas materiales, excentricidades y excesos. Paralelamente
infundieron entre los más maleables de los caseríos, el sueño sobre la gran
vida que según ellos tenían dentro del castillo.
Envidiando los frutos y
pertenencias de los pobladores de la aldea, fueron obteniéndolos con
trampas, embustes y constantes presiones. En
las zonas donde más riqueza existía, lograron que se enemistaran hasta
entre hermanos.
Usaron a todos, desde sus propios hijos, a quienes obligaron también con trampas, a ir a sembrar cizaña entre las familias más unidas, con historias muy distorsionadas, provocando conflictos por cualquier cosa, instalando en la discordia su principal negocio, que les financia la totalidad de sus elevadísimos gastos.
Hasta que lograron acabar con la armonía de toda
la aldea, y al descuidar cada quien su casa, por andar de pleito, se fueron escaseando alimentos,
bienes, amigos, todo. La gente empezó a separarse, a renegar de lo suyo, y a desear más y más estar en el castillo, o crearse el suyo. Muchos quisieron ir y quedarse a vivir allí donde todo es
posible de lograr y con "libertad".
Así se fueron desintegrando las familias de
toda la aldea, quedándose muchas de ellas mutiladas por siempre, pues los que se
fueron, si acaso lograron llegar y entrar, se quedaron atrapados en cualquiera de sus infiernos,
por el delirio de llegar al estado de bienestar que les venden todos los
segundos de su “libre” existencia. También tienen la rutina de expulsar a los que dejan inservibles.
El trato que reciben, las
tareas que les asignan y su perenne frustración les induce a rebelarse,
pero antes de manifestar la primera señal, ya les crearon más plaliativos y espejismos de libertad, aterrorizándolos también respecto a cualquier lugar de la
aldea, fuera del castillo, para mantenerlos dominados dentro y no perderlos como mercado. Pues la única libertad que conocen es la de compra-venta, ahora de mariguana. Y ya les prometieron que "lo mejor está por venir."
