No siempre le fue bien económicamente a Alma, en realidad tuvo que afrontar
una época de serias penurias. Fue tan oportuna
la compra antes de su quiebra, de un par
de libros de cocina, de esos grandes, gordos y hojas tamaño cuartilla, con papel muy
fino e ilustraciones de cada platillo.
... Con cien pesos hacía la compra de la
semana, ¿para cuánto alcanza eso? Fideos, espagueti, arroz, frijol, café, a veces pan, jabón… ¡párale de contar! y a tomar la fruta de cualquier árbol del vecindario,
de esa sagrada tierra tan fértil. "Antes padecer algo de hambre que no pagar el
alquiler o los servicios, o pedir favores a gente inconveniente". Más intuitiva y desconfiada, en medio de su soledad y vulnerabilidad.
El refrigerador resistió a base de recipientes con agua, que de
tan vacío empezaba a tronar, estallidos recordatorios de su estado. Las comidas se convirtieron en café por las mañanas y las noches y
solo una vez, con esos productos, a medio día, a veces con sal, un poco de grasa, nada de sazones.
Abría sus libros de cocina y mientras masticaba muy lentamente, recordaba los sabores
tan gozados antes, agradecida de
haberlos conocido, sintiéndose rica por ello, soñando con elaborar los que
desconocía después.
Fue como ingresar el alma de Alma a un SPA, el ciclo
de su mayor cosecha, atrapó todas las
cosas que importan para sobrevivir y después vivir con toda la fuerza que encontró,
esa tarde tan definitiva y lluviosa, de nubes metálicas, con el sol por fin aguardándola, exactamente en el centro de aquel reto
tan profundo, cuyo acceso le parecía más
lejano de lo que realmente era, por el miedo de lo que encontraría, a ella
misma, perfecta desconocida, sin vestigios de vanidad.
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