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lunes, 27 de enero de 2014

La correspondencia


"Cada pequeño gesto que supera la intención alivia, en nuestro mundo interior sentir la paz, desear la de nuestros seres queridos alivia. Dar amor y sentir amor alivia."
                                                                                       Raquel P.R.(aquí a su blog)

Encuentro mucho sentido en este comentario que me ha hecho Raquel P.R. Ella es así, mujer de paz, de "pequeños" gestos... entrecomillados, porque en realidad los considero grandes gestos y cuando son muchos, se transforman en bellos gestos, y si son un estilo de vida, entonces es un verdadero milagro. La amistad lo es. Esta amistad "extraña", me refiero a la bloguera, que se va logrando a distancia, que nos permite sentir el corazón de aquellos a quienes vamos queriendo comentario tras comentario y que a la vez nos hace latir emocionado al nuestro, es una maravilla. 

Dar amor y sentir amor alivia. Sabernos amados, ¡nos da la vida!

Yo creo... no podría no creer.  Pues en cada paso que doy, me encuentro una razón para creer, en muchas cosas de las que somos capaces los humanos, si nos atrevemos a perder el miedo, el miedo a abrirnos hacia los demás, con esos "pequeños gestos", que quizá y con toda esa su "pequeñez", sea lo que impulse a otros, en un momento de oscuridad.

Quien decide ser amigo, es fácilmente detectable, podemos distinguirlo enmedio de una multitud. Nos llega hasta las profundidades de nuestro ser. Nos emociona. Es el aliento.

¿Quién dijo que la informática es algo frío? Es lo que cada uno deseemos que sea. Podemos encontrar amistad, correspondencia, demasiado amor, de personas muy afines, aunque sea también posible que al vecino de al lado de nuestra casa no le conozcamos, y ni siquiera deseemos hacerlo, porque sus pequeños gestos diarios vayan en contra de lo que deseamos recibir. 

Gracias amiga, me diste con tu comentario,  la luz que estaba necesitando.

Gracias también a los demás amigos por todos sus grandes gestos, cada vez que me visitan, dándole sentido a este blog.



                                                                                       

sábado, 18 de enero de 2014

Alivianan mucho

... nuestro vivir, solo que muy a menudo no los llevamos a cabo, entonces hay que tenerlos siempre a la mano, hasta ser capaces de ejercerlos siempre: 

1. No supongas: No des nada por supuesto.  Si dudas, aclara. Si sospechas, pregunta. No te envenenes sin fundamento.

 2. Honra tus palabras: Lo que sale de tu boca es lo que eres tú.

3. Haz siempre lo mejor que puedas: Así no tendrás que arrepentirte nunca. 

4. No te tomes NADA personal: Ni la peor ofensa. Ni el peor desaire. Ni la más grave afrenta, contra ti.  Si alguien  se acerca a lastimarte, es su problema, NO EL TUYO.
  

LOS CUATRO ACUERDOS TOLTECAS


Puesto que a personas a las que quiero, así como a mí, nos faltó esta actitud recientemente, es que los re-publico... pueden ser de gran utilidad recordarlos, así como para quienes no los conozcan todavía.


Esta interesante imagen la estoy tomando prestada del sitio: sincrodestino2012.ning.com

miércoles, 15 de enero de 2014

¡Pobrecita, compadre!



Fue pésima idea, de veras que la desesperación empuja a cada locura, no sé cómo me fui a la ciudad sin nada a buscar trabajo.  Después de toda la noche en el tren, que bajo y ¡diantres! Me congelé. No podía ni moverme, el viento tan helado parecía que me acuchillaba. Solo era, caminar o morir.

¡Pobrecita, compadre! Cómo decirle…  la cara de esa mujer a verme ante su casa. Después de andar rajando calles, y toque y toque puertas, de lado a lado, sin nadie que quisiera abrir, como en un lugar sin gente,  enredado en la cobija que se aferró Mercedita que me llevara, jajaja, como la caricatura que hacen de nosotros. Ni pensar que hubiera hecho sin esa bendita cobija: ¡Cuaz! allí caído muerto a media calle, la misma mañana en que llegó, un absoluto desconocido, y me hubiera muerto con el pendientazo de dejar acá a la Mercedes, también muerta en vida… llena de rabia, cuando ella nunca quiso que me fuera así, a conquistar la ciudad.

Todo desgreñado y traqueteado,  vaya usté a saber lo que yo parecía, que linda cara no tengo, lo sé, agréguele, en ese trance... toqué tan fuerte a su puerta, como si fuera cobrando cuentas, exigiendo compadre, ya no buscando ayuda, exigiendo, le repito… Tan arrebatado y feo de modos, como usté jamás me ha visto, en toda la vida. Recién llegado y yo ya era otro.

Me temblaban hasta las pestañas, creo que solo le dije que acababa de llegar de la sierra  -es que usté, mi compadre ni podría imaginarse nunca el frío que hacía- ella, luego luego me metió al zaguán y corriendo me trajo dos tortas enormes, que me supieron a gloria y un tazón de café muy cargado y dulce, con licor. Yo que ni tomo, me lo bebí  todito, me revivió.

Me dio esta chamarra y un billete.  –No tengo más, cuídese -me dijo-   así fue que busqué chambas, para juntar con que regresarme esa misma noche,  con los hombros caídos, ¿a qué iba a quedarme más tiempo por allá? pensando en todo el camino lo que me diría la Mercedita, que me rogó que no me fuera y yo terco a que ya sería mejor irnos enfilando pa’ la ciudad. ¿Qué estaba pensando, compadre? … Usté por qué no me dijo, “qué está loco compadre, cómo se va así a lo tarugo y sin siquiera con algo para llegar, o de perdida algún conocido.” Si allá está más feo todo.

La cara que puso al verme aquella mujer, un revoltijo de miedo, compasión, dolor, pero principalmente mucha tristeza.  Pues aunque trató de mirarme con dureza, muy penetrante,  como miran los animales amenazados, le di mucho miedo, se sintió muy frágil, y cómo no, en las formas que me le presenté…  a saber cuántas cosas les pasen por allá, para estar tan ariscos y no abrirle a extraños. Pero ella fue un ángel y… ¡Pobrecita!