Hay globos de cualquier color liso y simple, que para llenarse,
requieren tan solo de un poquito de aire cálido de pulmón, y ¡listo! Quedando flexibles, graciosos, resistentes.
Y pueden volar, con un cordel y un niño dispuesto a correr en su compañía. También saben brincar, rodar, elevarse y caer
livianamente, felices con el contacto de las manos infantiles. Hay que ser cuidadosos con ellos... si se inflan más de su capacidad de
resistencia, revientan en el primer brinco o rugosidad, y hasta en el mismo
proceso.
Otros globos hay, de gran diseño, en todos los dibujos o figuras imaginables. Pueden ser brillantes, de
muchos colores, llamativos… lindísimos. Pocos niños se resisten a mirarlos, tocarlos
y jugar con ellos. Pero, estos globos, no aceptan el contacto, se desinflan,
pudiera decir con algo de exageración, hasta ‘porque se les mire’ y entonces
quedan sin servir ni encontrar jamás el sentido de su existir, ni la relación
costo-beneficio.
Por último, los globos que se llenan de helio… son grandes,
quizá más lindos, radiantes y admirables.
Puesto que muchos globos quisieran aprender a ser como ellos. Seguirlos
o tratar de alcanzarlos. Elevarse muy alto también. Pero los de helio, suben
tan desesperados por su ascenso, que escapan
en segundos de las manos de los niños, dejándolos llorando su impotencia y
desolación. Estos globos se elevan sin quedar asidos ni a la rayita del
horizonte. No saben servir.
Ya mejor me retiro en este globo aerostático, movido por la ilusión de encontrar excepciones.
Parece que el helio es a los globos, lo que el ego a las personas.
Parece que el helio es a los globos, lo que el ego a las personas.





