Es muy fácil educar. Si tienes un hijo, toma su mano y permite que te eduque paulatinamente... hasta que logres ser como la persona que quieres que sea él. ¿Ves qué simple?
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miércoles, 11 de febrero de 2015
lunes, 9 de febrero de 2015
Un fantasma
Un fantasma muy viejo, se fue quedando solo, porque sus amigos preferidos al paso de los siglos, fueron encontrando la luz o simplemente pasaron a otro nivel, según.
Al principio se sintió muy feliz, porque era pérdida de tiempo, frecuentar a los fantasmas que llevaban unas muertes tan "superficiales".
Siempre solía morir muy intensamente, todas las noches de su inexistencia... pero con esa soledad, fue perdiendo el gusto por los museos, los teatros, los cines, las bibliotecas, los centros nocturnos. Nunca sería igual de satisfactorio, deambular entre los vivos, tan: incultos, indiferentes, fríos, crueles, despiadados.
Cada noche que moría, añoraba más y más a sus viejos amigos, hasta que una noche abrió un blog, confiado en su cultura de todos los tiempos previos a la época de la tecnología en las comunicaciones, muy pronto se hizo famosísimo. Y, admirado, leído, querido y asediado, paso blogueando sus últimas noches, hasta que alcanzó la oscuridad eterna.
Fantasmas recién muertos, andan tratando de piratearse sus materiales... Todavía no hay legislación respecto al plagio entre fantasmas.
jueves, 5 de febrero de 2015
Si el escritor...
... no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro. No quiere decirse que el oro sea menos verdad que la palabra, y sí, tan solo, que la palabra de la verdad no se escribe con oro, sino con sangre (o con mierda de moribundo, o con leche de mujer, o con lágrimas).
La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar. El cómplice del escritor es el tiempo, y el tiempo es el implacable gorgojo que corroe y hunde la sociedad que atenaza al escritor. Nada importa nada, fuera de la verdad de cada cual. Y todavía menos que nada, debe importar la máscara de la verdad (aun la máscara de la verdad de cada cual).
El escritor es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencia sin fin, capaz de dejarse la vida -y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas- a cambio de un fajo de cuartillas en las que pueda adivinarse su minúscula verdad (que, a veces, coincide con la minúscula y absoluta libertad exigible al hombre).
Al escritor nada, ni siquiera la literatura le importa... El escritor nada pide porque nada -ni aun voz ni pluma- necesita, le basta con la memoria. Amordazado y maniatado el escritor sigue siendo escritor. Y muerto, también; que su voz resuena por el último confín del desierto...
Parte de su nota a la cuarta edición del libro:
"La Colmena"
Ed. Bruguera
Camilo José Celá
1916-2002,
Premio Nobel de Literatura 1989
Premio Cervantes 1995
y una larga lista de premios más.
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