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lunes, 12 de septiembre de 2016

Inaudito

Con el éxito en una mano y la felicidad en la otra,  me sentía invencible, infalible, en la cima, con todos mis anhelos cumplidos... Pero en un parpadeo, caí hasta el fondo.

La ciudad que era bella, tranquila y segura, se me convirtió en un infierno. Con las manos vacías, fui un fantasma y el entorno me rechazó con crueldad.

Al ser tan inapreciable, me inmaterialicé y enloquecí. Me acorralaban las almas en pena, por los callejones de los barrios. Sobre mi columpio invisible, me resigné al miedo constante y a la nada.

No tengo idea del tiempo que transcurrí en ese trance, ni cuánto perdí, pero se me escaparon los matices y la oscuridad borró sin resistencia alguna, todo vestigio de lo que fui.  

Llegué a existir en un estado en que la muerte era rutina, así como la ceguera y la enfermedad; en donde las llagas del cuerpo, dolían más intensamente que las del mundo entero; los muertos cobijaban más que los vivos; la gente se quedó muda y petrificada, de tanto aguantar y el fuego consumió todos los buenos actos e intenciones. Habitando en los dominios de la maldad, luchando contra todo tipo de vicisitudes.  

Allí la conocí, al final del negro y el silencio tan rotundos. Al otro extremo de la noche, en donde ya ni el miedo pudo sobrevivir. Allí estaba ella,  sola y esperándome.

Acostumbrada ya a desconfiar, de entrada, no me agradó, pero sus palabras y su voz suave y acompasada, me serenaron, internándome en un letargo hipnótico, en que seguí todas sus instrucciones, de manera silenciosa, obediente, muerta, durante días, meses o... quizá nunca. Deambulé de su mano por algo parecido a una ciudad desierta, entre sombras, que yo jamás hubiera imaginado y que iban absorbiendo todas mis penas, miedos y angustias.

Hasta que subrepticiamente, como una ola que estrellara en mi pecho, me regresó el sentido, al decirme: ¡Confía, mírame, asómate a mis ojos!

Allí estaban mi luz, mi cuerpo, mi mente y mi vida, que ella me hizo entrar a recuperarlos, de tal forma que no podría explicar. 

Luego, aquella anciana, me abrazó como una madre y con sus dos manos, tomó mi mano derecha, para darme tres semillas y me la selló con un beso, igual que el roce de una mariposa. 

—Te serán imprescindibles para seguir, tú sabrás el momento propicio para usarlas o regalarlas a quien identificarás de inmediato que las necesita. Y las podrás dar todas las veces que tu corazón te lo pida porque te serán repuestas cada vez.   

—¿Quién eres?

—Dorotea, me llamo Dorotea.

—Gra... No termine de agradecerle, cuando ella ya había desaparecido. 

Amanecí junto con el día, radiante, llena de amor, con muchos sueños y aquellas semillas infinitas en mi puño. 




jueves, 8 de septiembre de 2016

Que

Que te olvide,
que ya no te ame,
que valgo mucho...
Y me dan terapia.

Que eres pasado,
que deje fluir,
que viva el presente
y me abra a lo nuevo.
¡Vaya! Como cambiar de coche.

Si amarte pasado,
es divino efluvio de vida,
alegría y fuerza, en presente,
para reunirnos en futuro,
así se nos acabe está vida
y todas las que sean
necesarias, hasta lograrlo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Carcome

Carcome la ausencia,
la ausencia que invade
de silencio,
silencio que abarca los espacios,
espacios que no ocuparás
jamás.
Jamás, un intangible,
que yo todavía no comprendo,
porque aún me ocupas todo el corazón. 
Corazón, me corroe y me consume... tu ausencia.
Ausencia inexistente,
inexistente, porque aquí estás
cada vez que respiro.
Y cada vez que respiro,
ya no está conmigo
tu respiración,
aunque la imagine
y eso me haga sonreír,
como cuando fue.