Afuera veo el contorno de un hombre que espera. Ahora fuma. El humo lo envuelve, en nubes que delinean su figura y desaparecen en ascenso. Luego, son olas que salen con suavidad y van cobrando fuerza, hasta azotar contra el perfume que acerca a la mujer dueña del taconeo-contoneo, que dibuja la sonrisa de él, hasta iluminarle toda la cara. Es más apuesto de lo que yo lo intuía a partir del simple contorno.
Toma el cigarrillo con los dedos índice y pulgar y, a golpe de su dedo cordial, lo lanza y chispea al tocar el suelo.
La dama lo besa, y a él se le configura todo el cuerpo. Nada me queda por imaginar. Lo ha llenado de vida.
Comienza a llover, antes de que piense "es lindo ver llover y no mojarme" y de empezar a beber el café, me caen gotas de agua en mi mano, que parece de tiza, porque... Miro al techo, allí está la gotera; miro mi mano y se ha borrado parte de ella. Es chistoso, me quedó: Muñeca-un hoyo-parte de algunos dedos.
Miro a la pareja, abrazados se van derritiendo y se los lleva la corriente, hechos una mezcla de colores.
El cristal se empaña. El camarero se disculpa, me ubica en otra mesa y me entrega una servilleta de tela, con un gesto sugerencia muy discreto de que me seque la mano. Dudo, porque temo borrármela por completo. "Con suavidad, usted verá... eso pasa a menudo", me dice y le creo.
Lo hago, con un contacto tan tímido como un aleteo de mariposa y mi mano reaparece. Qué alivio. Increíble volver a sentirla completa. Las manos siempre puestas y ni caemos en cuenta de sentir cómo es traerlas, allí, al final de los brazos.
Algunos comensales salen y los trasladan en canoas previstas por la fonda para estos casos. Pregunto el precio del servicio. No me completo. Mejor pido la carta para almorzar en lo que escampa.