Tuve la fortuna de conocer a un hombre feliz. Era una persona de quien todos hablaban bien, era el padre de una amiga... Fue un segundo papá para mí. A una cuadra de mi casa de niña, en donde yo pasé el 80% de mis tardes.
Ante la rareza de sus magníficas relaciones interpersonales. Estando en mi plena adolescencia, le pregunté la razón de su éxito social... Pues yo he sido muy antipática e insociable. Casi sociópata y anhelaba llegar a ser como él.
-- Solamente tienes que aprender a discutir sin confrontarte y sin enojarte. Escuchar lo que te dicen y descubrir por qué te lo dicen. Y aunque estén equivocados, dejarlos que crean que tienen la razón.
-- Achis, achis... ¡No creo que solamente así y ya! Demasiado fácil ¿no?
-- Seguramente tienes razón, porque eres muy lista, me dijo con una amplia sonrisa. Puede ser que no sea tan fácil como te lo digo. Inténtalo y verás cuánto mejoran tus relaciones.
Han pasado décadas y apenas empiezo a comprender la complejidad de su respuesta breve y concreta.
Pero él fue tan amoroso que,
1. No me confrontó y yo me sentí ¡enorme! de haberle señalado que estaba equivocado. Jaja.
2. Con su amabilidad natural, él sabía que no me sería nada fácil, conociendo mi temperamento.
Todavía no he aprendido a ser como él. Pero siempre que discuto viene a mi mente. Aunque confieso que casi siempre después de consumada la discusión acalorada y consiguiente fracaso social.
Espero ahora, tenerlo presente antes de discutir con quien sea y ponerlo en práctica.