Quién me iba a decir
que en aquel día
de inicio de primavera
en vez de estar felices
yo hiciera de árbol
taladrado por varios
pajaros carpinteros
que me horadaron el pecho
para que luego un cuervo
me arrancara el corazón.
Quién me iba a decir
que treinta años más tarde
sigo con savia y lágrimas
y con el mismo cariño y
admiración hacia ti.
Estoy
ya sin cuervo,
ya sin pájaros carpinteros,
ya sin ti, Padre.
Con mi vida
tan desabrida y desorbitada
familiarmente hablando.
sin tu mente prodigiosa
y tan rebelde
con la que tanta fuerza
me dabas.