Así se auto nombran. Desde barrios muy lejanos, llegan cada uno por su lado, todas las mañanas, a la cafetería de una gasolinera.
Parecían marido y mujer, pero resulta que son cuñados. Allí se reúnen para desayunar. A eso de las 6:30, máximo 7:00. Ella todavía con el pelo mojado, corto, rizado, veteado de rubio, canoso y negro, con mucha crema Nivea en su cara pecosa de sol y años, muy perfumada, limpiecita y su risa también muy clara y estruendosa que siempre la acompaña, o más bien es la risa la que la lleva o la arrastra. Él muy serio, con manos muy maltratadas, con cicatrices de todo tipo. Son de ancianos los dos.
Él lleva en topers el desayuno que le hace su mujer y ella patrocina los cafés, jugos a veces, tortillas o pan y se reparten. Lo que compre es el pase para poder comer en una mesa, lo que lleva el hombre y que recién les cocinó con esmero la hermana de ella.
La plática de lo que sucedió el día anterior, es el condimento. Ella siempre tiene historias, muy tenebrosas, de sus vecinos, de gente conocida, de su familia, de ella misma, de su marido que ya dejó de beber alcohol, desde que se juntó con ella.
El hombre solo la mira y la escucha, asintiendo y con alguna que otra interjección oportuna, poco deja ella para hablar, ya que es dueña de todas las palabras y muchas palabrotas también. Él se ruboriza a veces con las ocurrencias de ella, que no tiene límites.
Terminan su desayuno y salen a buscar su aventura, como dos chiquillos.
Van a unas colonias cercanas de ricachones en donde se ofrecen a pintar las casas, a barrer, arreglar jardines o cualquier arreglo de fontanería, electricidad, hacer mandados. De todo. Tienen toda la clientela que sus fuerzas les dan.
Para las 5 de la tarde terminan su faena y regresan a la cafetería para comer una torta, tamales, tacos o un sándwich y pan dulce. Ríen mucho con las "charras" que ella cuenta de lo que pasaron en la jornada. Se reparten al 50 y 50 las ganancias y, en la puerta, se despiden para el día siguiente, también riendo.
Ella es la prueba de que feliz se nace, se vive y se muere, quien así es, aunque no haya ningún motivo para serlo. Pues a toda tragedia, que las tiene a diario, le encuentra el chiste.
Allí van Los Chirimikis, a risa y risa cada mañana, cada día, cada tarde, hasta que el cuerpo les aguante y sus manos sigan fuertes, con las ganas de que sea por muchos años más.
Desconocía la palabra y es muy acertada.