El ser humano tiene una predisposición y una afición a traspasar las puertas indebidas en los callejones de su vida. Y si encuentra un letrero como aquellos del Lobo Estepario, de H. Hesse: "No para cualquiera" o "Solo para locos", su ingreso está garantizado.
En la realidad actual, en vez de leyendas como las de la famosa novela, es como si aparecieran múltiples letreros de puertas hacia el hastío. Ese desánimo, pesimismo, falta de identidad, de energía de los jóvenes, quienes obtienen de donde sea, los recursos para la evasión, adictos a tantísimas cosas que ni imaginarían muchos adultos y en contraste, no encuentran ningún recurso para la creación de su vida y un destino. Incapaces de discernir, de discriminar lo que les perjudica. Incluso son aficionados a herirse, al suicidio, a la depresión, al sufrimiento, a la muerte.
Por supuesto que sí existen maravillosas excepciones de chicos admirables. Pero esa masa autómata va en alarmante expansión, compuesta de individuos, encerrados en su ser, conectados a su pantalla inteligente, viviendo su ficción "selfie" de cada día, incapaces de participar en vivencias mínimas en su entorno, que rechazan un abrazo o un beso y en cambio mueren por la falta de un "like" en sus publicaciones en redes. Ni siquiera pueden sostener una conversación en vivo, más allá de monosílabos o movimientos de cabeza, sin violentarse.
Es muy necesario que quienes no fuimos arrastrados por esa corriente, actuemos con todo el rigor posible para revertir los resultados paradójicos de esta era de incomunicación, justo cuando existe la máxima facilidad para la comunicación, en que cada vez están más jóvenes agolpados, ansiosos por traspasar las puertas hacia el hastío y sus sombrías derivaciones.
Yo creo que estamos todavía a tiempo de lograrlo.
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martes, 30 de mayo de 2017
sábado, 27 de mayo de 2017
Somos como somos
Somos como somos y nadie puede cambiarnos si no queremos.
Compartir alegría, no le servirá de nada a quien se aferra a la tristeza.
Plantear soluciones, no servirá de nada a quien no quiere resolver sus problemas.
Brindar compañía, no servirá de nada a quien vive lamentando su soledad.
Y así con todo lo que podamos citar.
Porque unos ven negro, otros blanco y otros de colores. Aunque la vida nos ofrezca un gama muy amplia de oportunidades y colores.
Pero ni la tristeza, los problemas, la soledad o la oscuridad de otros, pueden frenar a quien tiene las ganas de ayudar, porque también así es, como es... cree que necesitan ayuda cuando los escucha llorar.
Somos como somos y cada uno tenemos diferentes tiempos para llevar a cabo los procesos. Es demasiado simple, quizá algunos nacieron sabiéndolo, pero a mí me ha costado demasiado tiempo entenderlo. Aunque entenderlo tampoco me sirve, porque no cambiaré mi forma de ser. Soy como soy.
Compartir alegría, no le servirá de nada a quien se aferra a la tristeza.
Plantear soluciones, no servirá de nada a quien no quiere resolver sus problemas.
Brindar compañía, no servirá de nada a quien vive lamentando su soledad.
Y así con todo lo que podamos citar.
Porque unos ven negro, otros blanco y otros de colores. Aunque la vida nos ofrezca un gama muy amplia de oportunidades y colores.
Pero ni la tristeza, los problemas, la soledad o la oscuridad de otros, pueden frenar a quien tiene las ganas de ayudar, porque también así es, como es... cree que necesitan ayuda cuando los escucha llorar.
Somos como somos y cada uno tenemos diferentes tiempos para llevar a cabo los procesos. Es demasiado simple, quizá algunos nacieron sabiéndolo, pero a mí me ha costado demasiado tiempo entenderlo. Aunque entenderlo tampoco me sirve, porque no cambiaré mi forma de ser. Soy como soy.
martes, 23 de mayo de 2017
Bendita generación
Pertenezco a una bendita generación, que de niños salvábamos pájaros caídos del nido, hacíamos trampas para gatos feroces, curábamos perros sin dueño y regábamos jardines.
Jardines donde en las noches en familia, como siempre eran las noches, mirábamos al cielo. Y allí colgábamos anhelos en las estrellitas más a la mano.
Una generación de guerreros inocentes, que íbamos al cine, a pie, en grupo con toda la pandilla del barrio o de la mano de mamá y papá... y que en los intermedios, mejor que ir a la dulcería, jugábamos a correr, rodar o a las luchas por la alfombra de toda la sala. Al frente siempre los más valientes, fuertes y diestros. Pero entre todos, socorríamos al que saliera lastimado.
Esa generación de valientes, que aún con calcetas y pantaloncillos (ellos) y vestidos (ellas) queríamos cambiar lo que estaba mal en el mundo. Después logramos "igualarnos" con ellos, a través de los jeans.
Una generación de valientes revolucionarios, rebeldes que marchamos, protestamos y gritamos, manifestándonos contra injusticias, desigualdades y desequilibrios, seguros de la fuerza de la unidad.
Pero... no pudimos, no fuimos más fuertes que el mal. Y ahora vamos a bordo de barquitos de papel en la mar de incomprensión por la bendita generación actual.
Pertenezco a una generación "emparedado", más maldita que bendita, contenidos por los de antes de nosotros con brutal represión y por los de después de nosotros, con brutal indiferencia. Y solo los sin remedio, seguimos inconformes y dispuestos, aunque nadie nos perciba.
Jardines donde en las noches en familia, como siempre eran las noches, mirábamos al cielo. Y allí colgábamos anhelos en las estrellitas más a la mano.
Una generación de guerreros inocentes, que íbamos al cine, a pie, en grupo con toda la pandilla del barrio o de la mano de mamá y papá... y que en los intermedios, mejor que ir a la dulcería, jugábamos a correr, rodar o a las luchas por la alfombra de toda la sala. Al frente siempre los más valientes, fuertes y diestros. Pero entre todos, socorríamos al que saliera lastimado.
Esa generación de valientes, que aún con calcetas y pantaloncillos (ellos) y vestidos (ellas) queríamos cambiar lo que estaba mal en el mundo. Después logramos "igualarnos" con ellos, a través de los jeans.
Una generación de valientes revolucionarios, rebeldes que marchamos, protestamos y gritamos, manifestándonos contra injusticias, desigualdades y desequilibrios, seguros de la fuerza de la unidad.
Pero... no pudimos, no fuimos más fuertes que el mal. Y ahora vamos a bordo de barquitos de papel en la mar de incomprensión por la bendita generación actual.
Pertenezco a una generación "emparedado", más maldita que bendita, contenidos por los de antes de nosotros con brutal represión y por los de después de nosotros, con brutal indiferencia. Y solo los sin remedio, seguimos inconformes y dispuestos, aunque nadie nos perciba.
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