
Tembloroso y cansado, me pidió
amparo, pero mi desamparo, me negó protegerlo. De todas formas, siguió cercano.
Varias jornadas, destinó a observarme a una distancia prudente.
Me provocaba molestia su
presencia, y a él mucha lástima mi desdicha, envuelta en tanta soledad. Me
acompañó a distancia, comprendiéndome. Lo rechacé mil veces, él me perdonó
otras tantas. Le demostré mi disgusto y
persistió.
Hasta que me llegó herido,
jadeante, dando tumbos, muy pestilente. No pude mantenerme tan egoísta y ciega.
Lo curé, lo bañé, con mucho remordimiento. Él arrancó esa tarde, todo mi sufrimiento a lametones.
Le dije cualquier nombre. Sonrío
y agitó vigorosamente su rabo, para resucitarme.

