Llegó el Papa Benedicto XVI al lugar que calificara “México siempre fiel” Juan Pablo II y, muy pronto comprendió, porque quiso tanto a esta patria. Así como los mexicanos comprendimos porque Juan Pablo II confió mucho en él.
Reseñaron todo lo concerniente en los principales diarios del mundo, pero muy poco se ha dicho sobre la mutua conquista, entre el pueblo mexicano y el Papa, a través de un contacto muy cercano, amable, cálido y alegre, durante su estancia, que será inolvidable.
El Papa rompió en muchas ocasiones, el programa establecido de horarios y dispositivos de seguridad, para acercarse todo lo posible a la población, emocionado con la hospitalidad que si conocía por referencia, pero nunca la había sentido.
Su visita brindó beneficios a México, que proyectó su excelente capacidad para trabajar organizadamente y de turismo receptivo. Se recibieron cerca de 4 millones de visitantes en Guanajuato, que generaron una derrama económica doble a la suma gastada, tanto en la atención del Papa y en lo que se destinó a la restauración de ciertos sitios del patrimonio turístico, como El Cristo Rey del Cerro del Cubilete, que recibe miles de visitantes diariamente.
Lo más digno de ser destacado, fue que se reforzó la fe espiritual y la fe en sí mismos de los mexicanos, en lo se puede lograr con respeto, unión y mucho trabajo bien enfocado. Haciendo más asequible la solución de nuestros problemas, por todos conocidos, que tanto han disminuido nuestra moral y carácter de lucha.
Fue muy estimulante ver a la gente como una gran familia en las calles nuevamente, de pie, sin preocupación alguna: rezando, festejando, bailando, cantando, aclamando, gritando; como hacía mucho tiempo no era posible, por culpa de la delincuencia.
Acariciamos la posibilidad de volver a ser tan libres y felices como siempre fuimos, al revitalizar nuestra fe, que es un factor primordial, ya que poseemos todo lo adicional necesario, como son: capacidad para el trabajo, solidaridad, voluntad y creatividad.


