Banca vacía en Alameda Central ante El Palacio de Bellas Artes.
Una señorita enciende un cigarrillo y se sienta.
Un joven se sienta.
Simultáneamente se disculpan por ocupar la misma banca, se piden permiso, asienten, deciden compartirla.
-Es la mejor vista del Palacio, me encanta, me hace soñar.
-Lo mismo opino. ¿Me regalas uno?
Ella le extiende la cajetilla y el encendedor.
-¿Por qué estás tan triste?
-Me cortó mi novio... se va a casar con otra... con su prima Lety... Se le atravesó, hasta que me lo quitó. Ese día, cuando terminamos, empecé a fumar, ¡de puro coraje!, me quita la tristeza... además a él no le gusta que fumen las mujeres. Voy a hacer todo lo que no le gustaría que hiciera. Verá lo mucho que dejaré de ser la niña boba que conoció. ¡Cabronsísima voy a ser! No es bueno ser bueno.
-¿Crees que a él le importa?
-No sé, pero yo no volveré a ser nunca como fui con él, voy a ser fatal fatal... una verdadera hija de la chingada, y ríe estruendosamente. Ríen los dos.
-Eres demasiado joven, conocerás a otros, hasta que encuentres a un hombre que te ame de verdad, no te desesperes, no cambies.
-Y tú, ¿qué haces en esta banca? También estás triste.
-Sí... estoy muy desesperado, muy decepcionado de mi trabajo, tengo un jefe que es un hijo de la chingada... en todos los sentidos, abusón, muy transa... no terminaría de enlistarte sus defectos si me lo pidieras. Vine a tomar un poco de aire y a pensar, este es uno de mis lugares predilectos de toda la ciudad, esta vista, desde aquí. Esta banca me sabe tantísimos secretos... ¿qué me aconsejas hacer?
-Mándalos a la chingada, renuncia... no te ensucies, eres demasiado joven, ya encontrarás muchos empleos, hasta que te quedes en el mejor o emprendas por tu cuenta.
Fumaron otro cigarrillo en silencio, mirando aquella fachada.
Se despidieron afectuosamente, como grandes amigos.
-Ni su nombre le pregunté, pensó ella al abordar el metro.
-¿Cómo se llamaría? ¡pobre chica! pensó él al ingresar a la oficina del jefe a renunciar.
Los dos ingresaron decididos en el siguiente capítulo de su destino. Ella nunca cambió. Él, no supe.



