Nos influye mucho, la gente que
vamos encontrando en nuestro andar. Así
como a veces son unos verdaderos ángeles, otros que bien pueden llevarnos directo
al despeñadero, aun sin nuestro consentimiento, por muchas razones, pero principalmente
porque poseemos algo que a ellos les falta. Creo que sí existe el factor suerte.
Nadie debiera hacernos daño sin
nuestro permiso, pero no nacemos con la suficiente sabiduría como para impedirlo y aun teniendo la
intuición más aguda, no siempre podemos impedir caer en las trampas que nos
tienden. Pues son tantas las caras que la maldad puede adoptar, que no es nada fácil
defendernos oportunamente, sin conocerlas.
No todo mundo nace y crece en un
ambiente sano y amoroso. Hay muchas personas que no pueden tener infancia, a
quienes sus circunstancias les llevan a una adultez prematura, llenándoles de sufrimiento y responsabilidades;
lo que les impide conservar la ternura, pureza, nobleza y candor, entre otras
características de la niñez.
Quizá no sirva mucho este
razonamiento para borrar moretones, cicatrices o traumas, pero si conocemos el
origen de su perversidad, en cierta forma podemos comprenderles. Y al hacerlo, el
rencor o resentimiento va anulándose, hasta perdonarlos. Lo que no significa
que volvamos a convivir con ellos como antes, pero sí que les vamos a liberar mucho
peso, del que ya solos puedan estar cargando por ser como son.
De todas formas a cada quien se
le llega la hora de su cosecha y no nos corresponde a nadie, ejercer presión
sobre la cosecha ajena, sino ocuparnos de eliminar a diario, la hierba mala que
nos vaya naciendo en nuestra alma, para no caer en los mismos errores que
señalamos en los que nos han herido. Eso sí es responsabilidad propia.


