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lunes, 6 de mayo de 2013

Casa de jueves



 

Llegaron al viejo barrio de un pueblo, dos elegantes señores, que pronto dieron con dos  hermanas viudas,  para que les rentaran alguna de sus propiedades. Estaban en su tienda, una tejiendo olvidos manoseados, y la otra descosiendo encuentros extintos, en la hora cero de una tarde que transcurrió con aires inusuales para estar ya tan entrado el verano. 

A Carmelina, con solo mirar los fuertes brazos de uno de ellos, se le escapó un destello de vida en mirada, que reprimió, cuando Isadora se le adelantó a hacer el trato, inducida por la liberación de veintitrés recuerdos, a través de la voz áspera del otro. Recuerdos que guardaba bajo llave en una petaquilla de madera.  Así que no dudó en entregar las llaves. Recibió por adelantado, lo correspondiente al alquiler de dos años, por lo que a precio de la casa más precaria, les destinó la casa grande.

Ellos explicaron con simpática grandilocuencia, “que llegaban a la ciudad por negocios, y solo utilizarían la casa para descansar y reunirse con amigos los jueves,  alguna fiestecita y nada más… todo tranquilo, con tal de no andar por allí, exponiéndose, en un lugar con fama de peligroso y siendo ellos de fuera”…

Las hermanas felices resurtieron la tienda, renovaron aires e ilusiones, y encontrábanse planeando unas cortas vacaciones, cuando fueron aprehendidas, por ser propietarias del establecimiento clandestino de giros negros,  en la casa que reactivó a las hermanas, comercios y vecinos del apolillado barrio.

-¡Desgraciados! –Exclama Isadora, muy apenada y molesta-

-No te aflijas Isa… Que esto sin duda será más divertido que lo que teníamos, por lo menos daremos de que hablar, no neguemos los cargos, Jajaja!! –Contesta Carmelina, encantadora-

sábado, 4 de mayo de 2013

Bien amado



 

… Y te soñé verso, mi bien amado. Fue antier, que venía acariciando cerros, interpretando nubes, contando rayitas de la carretera, buscando nidos en los árboles inexistentes de mi desierto, acoplando otras letras a las canciones que sonaban, como hacías tú, cuando escapábamos.

Fue después de una curva, amplia y franca como tu sonrisa, que fui cayendo en tus brazos, o tú en los míos, o ambos,  Como fue, como era, como nunca dejó de ser desde que me enloquecí de negación. Qué lío hacen los verbos de la vida.

Surgiste breve, para entregarme el alma, con tus rizos entre mis dedos y mi mano en tu nuca, atada a besos resbaladizos hacia tus hombros, en la esquina de tus brazos y mi perdición, que mira con tu ausencia, lo que la ha sublimado el tiempo… 



Nota: La foto es de Samalayuca, desierto
 que queda entre Chihuahua capital,
 donde vivo y  ciudad Juárez, también Chihuahua.

lunes, 29 de abril de 2013

Bien limpita!


Desnudo mi alma de vez en vez, porque me gusta el efecto de ese acto imprescindible. Sin prisas, ni  violencia, ni sobresaltos, ni distracciones... que de voluntarioso ya es mucho con el carácter que tengo, como para ensuciarla con intempestividades. Ella necesita el aire fresco y adora la caricia de las gotas de lluvia. Si no hay lluvia, entonces uso lágrimas y cuando no tengo, porque estoy en tiempos de gozo, hago igual como lavo cualquier ropa fina... con suavidad y las mejores alegrías como detergente, hasta sacarle todas las manchas. Luego la cuelgo con ganchos de risa en el tendedero para que reciba su baño desinfectante de sol.

Solo así le permito regresar al palacio donde vivo -que no es otra cosa que mi cuerpo- con su fragancia renovada, en realidad es la que siempre tiene, pero se acentúa al quedar libre de ajetreos, molestias y sudores... Porque el alma también suda, se incomoda, se cansa, y se ajaría mucho, si no la baño con cierta periodicidad. Ella es la que escoge el momento propicio de hacerlo. Recupera la fuerza, la vitalidad, el coraje y la confianza de avanzar, buscando la ocasión de llegar al horizonte, para asomarse al manantial de los nuevos sueños. 

Al hacerlo, encuentro siempre otras almas que también se están lavando, convirtiéndose en un acto comunitario. Y, se van desprendiendo los pudores y los prejuicios, junto con lo dañino, que adheridos, serían peor que el cochambre, estorbando tanto, al dar asilo a los silencios duros, silencios amargos, que luego empiezan a asomarse con sorna, por los cuerpos desvencijados, convertidos en jirones. Las almas cuando se ensucian, corroen nuestro palacio y lo desmoronan como las colonias de termita, en que ventanas y puerta y marcos y techos, nos aplastarían en nuestro derrumbe...