Llegaron al viejo barrio de un
pueblo, dos elegantes señores, que pronto dieron con dos hermanas viudas, para que les rentaran alguna de sus propiedades.
Estaban en su tienda, una tejiendo olvidos manoseados, y la otra descosiendo encuentros
extintos, en la hora cero de una tarde que transcurrió con aires inusuales para
estar ya tan entrado el verano.
A Carmelina, con solo mirar los
fuertes brazos de uno de ellos, se le escapó un destello de vida en mirada, que
reprimió, cuando Isadora se le adelantó a hacer el trato, inducida por la liberación de veintitrés recuerdos, a través
de la voz áspera del otro. Recuerdos que guardaba bajo llave en una petaquilla
de madera. Así que no dudó en entregar
las llaves. Recibió por adelantado, lo correspondiente al alquiler de dos
años, por lo que a precio de la casa más precaria, les destinó la casa grande.
Ellos explicaron con simpática
grandilocuencia, “que llegaban a la ciudad por negocios, y solo utilizarían la
casa para descansar y reunirse con amigos los jueves, alguna fiestecita y nada más… todo tranquilo,
con tal de no andar por allí, exponiéndose, en un lugar con fama de peligroso
y siendo ellos de fuera”…
Las hermanas felices resurtieron
la tienda, renovaron aires e ilusiones, y encontrábanse planeando unas cortas
vacaciones, cuando fueron aprehendidas, por ser propietarias del
establecimiento clandestino de giros negros, en la casa que reactivó a las hermanas,
comercios y vecinos del apolillado barrio.
-¡Desgraciados! –Exclama Isadora,
muy apenada y molesta-
-No te aflijas Isa… Que esto sin duda será más
divertido que lo que teníamos, por lo menos daremos de que hablar, no neguemos
los cargos, Jajaja!! –Contesta Carmelina, encantadora-


