¡Las dos palabras mágicas que me abrieron a la amistad! Yo tendría 5 años. Frente a nuestra casa,
vivía Matilde, más chiquita, me descubrió y un día llegó a mi casa, quizá tendría
unos 3 años, todavía con dificultad para pronunciar ciertas palabras, como mi
nombre, pero con excelentes ideas y motricidad… fue quien me enseñó a jugar fuera
de casa, a caminar descalza, a comer hormiguitas, o a quemarlas con una
lupa de su abuelo y sol, a comer bocados de adobe, combinados con moras y
duraznos, sin lavar, de los árboles de su patio, al que trepábamos ayudadas de una soga huraña, enlazada a una rama, que nunca se cansó de rasgarnos la piel.
Matilde adoraba la pastelería, ella hacía el batido del lodo,
el horneado, en formitas o cajitas de lo que fuera, al sol, en
lo que jugábamos a otra cosa y luego ya desmoldados, yo las decoraba… ya sabes, con piedritas, ramas, pétalos de
flores. También hacíamos tinturas o
perfumes, con todo tipo de ingredientes naturales que molíamos en un mortero
improvisado.
Yo le compartí a mis duendes y hadas que vivían en el hongo,
debajo del álamo de mi casa. Ellos, felices, nos incitaban, nos daban mil ideas, que nosotras
realizábamos con bastante soltura, la
misma que me fracturó un brazo, cuando terminé en el piso las “ruedas de carro”
que ejecutaba sobre la barda, nuestra "barra de equilibrio”. Quisimos no
divulgar ese percance gimnástico, pero mis chillidos, nos delataron. ¡Ni me dolía tanto!, pero lloré y lloré, al
ver mi codo del lado contrario a donde por lo general lo llevamos puesto. A mi madre se le desorbitaron los ojos y casi se desmayó. Ya con yeso -aunque nos reímos mucho (Matilde, duendes y yo) después de mi caída- me
dolía más el 5 con que calificaron mi acto duendes y Matilde, que el brazo; pues ella, mucho más chirota* que yo, siempre
me ganaba y por nada lloraba... solo una vez, de rabia, cuando me burlé porque no podía
brincar con los dos pies simultáneamente. Muy digna se fue, lo intentó sola y un día regresó para mostrarme que ya podía… abrazadas celebramos, precisamente
con brincos y más brincos. Jaja!
En la eternidad de mi convalecencia, tuvimos que acatar no chirotear.
Transcurrían las tardes y nosotras sentaditas en los escalones de mi casa, o coloreando,
comiendo dulces o heladitos de fruta, que hacíamos… y así. Yo le contaba cuentos
y ella a mí supersticiones y mitos, ni idea cómo las aprendía. Poseía demasiados dones, agarraba
moscas, las echaba en las telarañas, y cuando
salían las viudas negras a comerlas, las mataba a pedradas. Fue tan generosa, lo que a mi mamá le
disgustaba horrores… pues me compartía todo lo que sabía y lo que tenía, incluyendo
piojos, ¿qué había de malo?, siendo tan mi amiga, con todo y que nunca pudo decir
bien mi nombre… era alegrísimo escucharla:
-¿Ta Saldita? -cuando llegaba por mí, para que saliéramos a jugar-
*Autobiográfico
*¿Está Sarita? = ¿Tá Saldita?
*Chirota: palabra que ya casi no se escucha, pero que se usaba mucho: inquieta, vaga, traviesa, atravancada, brusca, solo en femenino.