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viernes, 8 de noviembre de 2013

Circunstancias ajenas

Cuando escribía a mano, sublimaba el dolor de las ampollas en los dedos, creyendo que aguantarlo, hasta que se convertían en callos, me sugería la vía para vencer los desafíos de mis realidades.  Sí,  en plural, porque yo no he tenido una sola realidad; es la mía, la de los demás, sus derivaciones y las que finalmente nos permiten las circunstancias, el destino, la suerte o el azar. Son varias realidades, con la posibilidad de que ninguna exista,  ya que ni siquiera sé si exista la existencia.  Iba buscando comprender cada suceso transcurrido o por venir, al escribirlo.

En la máquina de escribir, que aprendí  a usar en la secundaria, a mi pesar, pues yo quería estar en mecánica o en carpintería, porque solo aceptaban hombres, y era lo que más me motivaba de esos oficios,  para estar entre ellos -por prácticos y sin conflicto- desde mi femenina perspectiva, que me era tan difícil comprender a otras mujeres, por detallistas y complicadas. Con ellos, me entendía de maravilla, sin problemas y sin que se acabaran las relaciones, si un día me portaba tajante, ofensiva o brusca con ellos.  Más fácil, más arriesgado y divertido, donde me sentía protegida, sin miedo, muy fuerte, siempre y cuando no nos enamoráramos... condición que siempre conservé con todos mis amigos. Comprobando que sí es posible la amistad desinteresada entre hombre y mujer. Cuando me desamaron otros hombres, fueron mis amigos quienes me ayudaron a levantarme.  Y fue cuando las mujeres más me ayudaron, para enseñarme que también se puede ser amigas entre mujeres. Cualidad que yo descartaba y desconocía de mi sexo. 

Les sacaba chispas a esas máquinas, mecánicas o eléctricas, llenando muchas cuartillas, porque lo que más deseaba era entender las realidades en papel. Escribí todos mis pleitos con Dios, para negarlo y cuando creí en Él, dejé de escribirle, mudando mis conflictos a otros destinatarios, incluyéndome, principalmente.  

Después me costó mucho pasar a la computadora, porque con lo fácil que es corregir, me fui permitiendo errar más y sin papel, con mayor razón. Tengo ahora más defectos, solo que los míos no es tan fácil corregirlos como en la pantalla. 

Me costará mucho esfuerzo escribir sin teclado, porque mis dedos no son femeninos, mi independencia me los maltrató. Pero tendré que enseñarles movimientos finos, porque no puedo aferrarme a este cacharro que no tarda en caducar, cuando el teclado de hoy, después de varios, ya tiene casi todas las letras borradas -si no fuera que aprendí a escribir sin ver, no por las exigencias de la maestra, sino por mirar a los chicos por la ventana, mientras terminaba la odiosa hora del taller de taqui-meca- Se despinta -el teclado- más por mi furia al teclear, cuando he pasado por todas esas etapas, y todavía no me conozco, ni siquiera por escrito. Igual que este ejemplo, en que pretendía hacer un recorrido por las herramientas para escribir, y terminé azotada por un laberinto imprevisto y traidor, muy lejos del objetivo inicial, debido a una circunstancia ajena a mi voluntad, pero que me desestabiliza, desde una de mis tantas realidades. 



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Mutuo

Me sonríe. Le temo. Suaviza la mirada y se acerca. Tiemblo. Que no me lastime -pienso- Lo intuye, procura sosegarme, no lo consigue. Avanzamos. Los árboles lidian con sus sombras. Ladridos nos circundan. Se sobresalta. Lo estrecho. –Apesta –piensa-. –Disculpa, el miedo me hace apestar más que todo eso –le contesto-. Las chicas, esperando. Los chicos, abordando. Se alternan clientes, en su rutina pactada. Él se me ciñe más. Mi ansiedad, lo acepta, ya sin reservas. Mujeres que husmean con obscenidad, tras la suciedad de las cortinas raídas y de sus recuerdos. Sus puertas que destilan hedores oxidados (metáfora). Luces agónicas al fondo, que evidencian lo narrado de esas mujeres.  

Las nubes disfrazadas de mar, se revuelven y vociferan y braman. Ni una estrella. La luna… ni sus luces.  Las flores, en el fondo de sus guaridas. Gatos agazapados.  Gatos encrespados. Gatos tan orondos. Gatos como siempre, creyéndose los dueños.  Él tiembla –¿Le temes a los gatos?… yo también, acércate más. Ancianos en la eternidad de sus voces, ya sin temores, ni urgencias prisa. Malandros tramando. Unos drogándose. Él, casi escala mi cuerpo. Yo, casi escalo el suyo. Nos encaramamos. ¡Total! Ya estamos vamos abrazados. Avanzamos, usamos toda la eternidad, ¡qué ironía!, de esos pocos minutos de negrura que nos desquicia,  para seguir con  lo nuestro, lo único que nos importa, sin piedad, sin pensar, sin detenernos, hasta alcanzar juntos por fin, la avenida de luces delirantes, para empezar a cruzar el siguiente infierno.Una estrella. Es cuando el perro escoge otro rumbo.  



domingo, 27 de octubre de 2013

Torcí la pata

Literalmente... Esta ilustre y cada vez más afamada bloguera (juar, juar, qué diera yo, verdad?) torció la pata. Bueno... cuando estoy en casa, me empeño, agarro cada manda de locura, que hoy me puedes ver de albañil, mañana de pintora de brocha gorda, de limpiapisos (que estoy empeñada en rescatar unos mosaicos maravillosamente dañados, a costa de manos y pulmón) de lavandera, planchadora (esto poco, cuando quieras verme fuera de mí, pídeme que te planche algo) y eso que soy muy buena para ello, pero no, no me gusta. Lo hago porque con ciertas prendas no me queda otra, pero NO me gusta. Una amiga mía, se casó con un tipo muy remolón respecto a este tema, ella tampoco "adoraba" planchar, entonces, se le ocurrió a su santa suegra llegar a la casa cuando ella estaba entregada a esa faena y se puso a sugerirle, que si marca el cuello así, que si los puños... Mi amiga, María, le lanzó al centro de la frente la plancha. En eso llegó el marido y le ha puesto una madriza tal, que la mandó al hospital con las costillas rotas y contusiones por doquier. Allí ella recabó entre el personal, lo suficiente para el divorcio y para su boleto de regreso, pues estaba en otra ciudad. Cuando lo cuenta, se ríe a carcajadas al recordar lo maravillosamente que le colocó enmedio de los ojos a la suegra la plancha. Se la pinté en la pura "P" a la pinche vieja pendeja y metiche. Lo malo que con las costillas rotas, poco me podía reír, pero fue lo que me mantuvo a flote para hacer los trámites concernientes. Si a mi Ramón (su hijo) tanto le gusta como usted le plancha, pues, ¡Plánchele entonces usted, vieja bruja, que ya me tiene hasta la madre, con tanta intromisión! La señora solo alcanzó a chillar, chillido que fue mínimo, comparado con el chillido de la carne quemada, en su certero tino del mejor pitcher de las grandes ligas. Hace tiempo que no veo a María, por cualquier cosa un día nos enojamos y ya no nos volvimos a ver, pero cuando plancho, siempre la recuerdo y eso me hace que planche acompañada y divertida. 

Yo no sé por qué vamos al circo y nos extasiamos con los malabaristas y equilibristas... cuando yo me dedico a la lavandería, lleno tantos alambres, que quien lo ve, cree que lavo la ropa al barrio entero. Entonces, como la ubicación del sol con respecto al patio mágico, no me ayuda mucho, he puesto los alambres muy altos, de tal forma en que tengo que hacer equilibrismo, sobre un balde al revés, en ciertas zonas, pues el directorio telefónico no me dio la altura. Lo intenté con el Larousse y el directorio juntos, pero tampoco. Ha sido por simple negligencia, que no he ido a comprar un banquito de uno o dos peldaños. Ayer, muy apurada, porque hoy tendría familia a desayunar y quería evitarme las preguntas como ¡Ay, a poco lavas toda esa ropa todas las semanas y demás! traía dos pantalones en el cuello un par de ganchos de colgar con blusas y un par de pinzas también. Me subo al balde y sopas, que se me tuerce el tobillo del pie derecho, tronó igual que los huesos del pollo cuando lo estamos partiendo... el balde brincó metros adelante, los traidores perros se escabulleron dentro de la casa y yo me fui de espalda, en un mandarriazo, de video viral. Los perros, saben la historia de María, se las he contado, porque los temas repetitivos les aburren muchísimo... entonces, en las noches, cuando todavía traen mucha cuerda y yo ya me quiero dormir, les cuento historias, además no quiero por nada del mundo someterlos al suplicio de los cuentos de hadas, castillos encantados  y duendes, con que a mí me forjaron una idea tan distorsionada de mis posibilidades y realidad, pues mucho esperé a ese príncipe en caballo alado, que llegaba a rescatarme.... Intuí, por su cara de susto, que pensaron "esta ya se nos va a poner ruda también, como María... y estamos muy chiquitos para traer cubetas pintadas en el rostro". Siendo que a pesar de que no me siento "realizada" al lavar, no es una actividad que deteste. En el piso, tenía dos alternativas, arrastrarme por el celular y pedir ayuda, auto encaminarme a alguna clínica, o aguantarme. Viendo que tenía bien asidos la ropa y los implementos, me arrastré a ponerlos a salvo, quedaron sin ni un rasguño. Creo ahora que sí puedo anunciarme con el vecindario: "Sus prendas ilesas, por sobre toda situación".

Luego, lloré, bien a gusto, más y más... fue cuando me di cuenta de que quedé a escasos milímetros de haberme volado la cabeza en la orilla de una jardinera. Qué bueno que no me maté, suspiré. Vi si tenía movimiento: sí, hinchazón: no, moretón: sí. Ya encarrilada, lloré más, hasta por lo que sintió la suegra de María y después María con las costillas rotas, la vecina de enfrente que la abandonó el marido y etc. -pocas veces se tienen esas chancitas de limpiar el interior a profundidad y de llorar "por uno y por todos los amigos"- hasta que vi que el dolor no me lo quitaría toda esa llorazón. Entonces, me puse de pie, siempre he creído que de pie se llora con mayor estilo, me senté en una silla de plástico. Luego di unos pasos y todo bien. ¡Ya fregué! -pensé- Con dolor, pero funcional. Y como salió en una película de artes marciales, en que se curaban las lesiones ejercitándose, seguí en mi faena. Cuando llegó mi hija, yo estaba más cariñosa (que de por sí lo soy) pero más dócil de lo normal. Ella lo notó, pero yo disimulé.  Es súper exagerada en los cuidados que debo tener y para estas alturas, yo estaría prácticamente enyesada hasta el cuello. Así que "en pico cerrado no entran moscas". Comimos y muy bien, luego ella salió y yo me puse a ordenar unos papeles. Se enfrió el mandarriazo, así que cuando regresó, yo ya estaba medio ojerosa. ¡Anda! que crees... que me caí y me duele un poco. -Vamos a que te revisen (te digo, es rete exagerada) Yo: No, no! yo creo que va a pasar. Fuimos, vinimos, hicimos mil cosas, y ella se durmió un rato. Pa' cuando despertó, yo ya estaba con mucho dolor. Arrastrando el piecín, me hice un cocimiento de "Matarique", una hierba que me dijo el indio que sirve para todo tipo de dolor. Y por su olor a todas las yerbas juntas, nadie puede dudarlo, mariguana es poco, es mucho más fuerte. Me bebí un buen trago y luego en la cubeta de mi desgracia puse agua y vertí el cocimiento. Metí mi patita y empecé a ver estrellitas. Es que estaba muy caliente, jajaja. Poco falto para que me lo desollara también. Estuve tanteando, hasta que pude mantenerlo dentro de aquel maravilloso caldo de la larga vida. 

Me fluían sin remedio más lágrimas. Cuando ella despertó: Te duele más, verdad? -Sí! No sabes algún ejercicio de Programación Neurolingüistica para que me ayudes?. Amodorrada por la siesta y sorprendida por mi fobia a los médicos alópatas, bien linda, me dice: Mami, es que PNL puede ayudarte para dolores emocionales y rollos mentales, no tanto para algo que es físicamente evidente. -Ah! bueno, tonces, me puedes ayudar a ir pre-preparando lo del desa de mañana. (Hicimos Menudo, bueno, ella más bien) -Claro, mamita. Yo me quedé al borde de la cama, con mi cubeta ahora terapéutica. Si sacaba el pie me dolía y si lo metía me requetedolía. Hice un ejercicio mental, me relajé, empecé a respirar muy profundo, a imaginar que recibía luz por la cabeza y a concentrar el dolor en un solo sitio del pie, que sería el sitio por donde iba a salir todo, mediante una imaginaria incisión. Luego me fui abandonando en una sensación increíble, que esa ya no la controlé yo, sino que se presentó sola, de que algún quiropráctico me iba ajustando cada falange, cada nervio, etc. Mi pie tamborileaba por toda la cubeta, y todo se fue concentrando hacia el talón, de una manera de verdad insoportable. Cosa rara, porque lo que más me dolía de inicio era el empeine y el arco. Allí me quedé más o menos 15 minutos. Luego me vendé, me unté un poco de bengué antes, y muy docilíta me eche sobre la cama. Más tarde, me empijamé y ya hasta hoy.

Al despertar, moví el pie, ¡padrísimo!, no me dolía nada, pero porque era el izquierdo. Ya sabes, como a veces despertamos desorientados y no identificamos la izquierda y la derecha, más, en virtud de que hasta en lo político y lo social, ya está eso tan confuso, con mayor razón en una pobre sobreviviente de la acrobacia de la lavandería. Moví el otro y, con un ligero dolor, pero el talón en perfecto estado. Me incorporé, me metí a bañar, me arreglé, tuvimos el desayuno, nos la pasamos muy ameno y aquí estoy, viva y ya casi sin dolor. La libré... No me desconchinflé y el mundo no perdió a una de sus más consents del blogueo del siglo 21 (jajaja) y los más importante, con toda la ropa limpia. Eso sí, con lo fortísimo del matarique, todavía veo indios fosforescentes danzando a mi lado... Para estar ad hoc, me vestí con una blusa fucsia espectacular y recibí con huaraches y con mi vendita. Ahí la llevo. Pa mañana estaré lista para un danzón si me lo propongo y claro... ¡Si amanezco! que nunca se sabe. 

Hay que tener cuidado, que en un solo mal paso, podemos borrarnos del mundo.  Y, nunca olvidar que el piso nos queda más cerca de lo que creemos, por más que queramos perderlo.