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jueves, 8 de mayo de 2014

De hormigas


-¿Qué hacen con la azucarera en el jardín? –Interrumpiendo las “labores” de los niños-

-Ah! Le estamos ayudando a una hormiga muy linda.

-¿A qué le ayudan?

-Dio con la azucarera… En cuanto probó lo rica que está, vino a compartir la noticia con todas. Todas quisieron ayudarla y ella les dijo que sí, que sola no podría, ¡jamás!

Vimos que les quedaba lejísimos la cocina y por eso…

-Y… ¿A aquella hormiga, grandota, que lleva esos pedazos de ramitas sola, no piensan ayudarla?

-Veremos que deciden las hormigas… Mmm… yo creo que la vamos a apedrear.

-Pero, por qué, si está trabajando mucho… y se ve tan fuerte.

-Por eso.

-¿Por eso?

-Sí… por egoísta y envidiosa.

-¿Por egoísta y envidiosa?

-Sí, ¡por eso!... Ni pidió ayuda, ni avisó que encontró esos materiales a nadie…  está haciendo su casa para ella sola…  Ni siquiera se ofreció para ayudar a las chiquitas en su problemón de cargar tanta azúcar, desde la cocina. Además, bien se ve como es de presumida y burlona. Vela… Fíjate bien, acércate para que le veas la cara que pone, muy superior, mira por encima  a todas... ¡pobrecitas!

A ésa, al rato la apedreamos… 



martes, 6 de mayo de 2014

Hay días

 así: 

 


Y otros, así:


Vívelos con toda la intensidad y sin miedo, que luego te servirán de referencia, para hacerlos a tu antojo. 

No reniegues, no te canses, no te fastidies... encontrarás más adelante el significado de todo lo que has tenido que pasar, por más difícil que te parezca. 

Si la vida fuera fácil... ¿quién dijo que sea fácil? ¡Sigue, sigue, sigue, no te detengas!


martes, 29 de abril de 2014

Romance de una palabra y un vocablo



Desde el origen de la lengua se conocieron, pero no podían relacionarse, por falta de concordancia o similitud, a pesar de su atracción latente.

Él era un vocablo enérgico y según como se presentara en una redacción, podía ser muy categórico e irrefutable. O al amistarse con ciertos vocablos, era más potente, con significado fuerte, profundo y definitivo. 

Ella, una  palabra tierna, suave, con delicioso carácter, realzaba incluso la oración más simple, sin perder su firme definición. Preferida  por muchos poetas. 

El vocablo fue sintiéndose atraído por esa palabra, incluso intuía su aparición en cualquier texto, desde la exquisita redondez del último trazo de su letra inicial. Esa atracción fue aumentando, pero, imposibilitado de vincularse por sí mismo con ella, esperó, aferrado a su única alternativa posible, estar muy visible y a la mano, cada vez que escribieran aquella palabra.

Pasaron muchas épocas y corrientes, hasta que un escritor los unió sin querer. Provocó magia semántica, que desató el antagonismo de los mejores especialistas y críticos convencionales, renuentes a esa unión, frente a  la apoteosis y rebatiña de los lectores tras el libro, para constatar que allí estaban esa palabra y ese vocablo unidos por primera vez.

Ante tal revuelo, el vocablo y la palabra se quedaron solos, se besaron, con la dulzura que nunca imaginaron durante los siglos de espera. Se correspondieron como nadie había creído que fuera posible, con todo su significado tácito.

El hechizo de la libertad, por fin les permitió amarse en muchos capítulos y otros libros y a iniciativa de ella, ¡hasta en diccionarios!, para incomodar a todos los vocablos y palabras sumisas, y de paso vengarse un poco de las palabrejas, que antes mezquinamente le aseguraban tener idilios con su vocablo, en cualquier vuelta de hoja. Lo que siempre fue falso. 

Sin embargo, los vocablos y las palabras imitaron su intrepidez y escaparon del olvido y el encierro, en que les sumieron, los inhumanos que controlan con el absurdo de su hipocresía letal, para impedir que alguien les diga lo que son.  –Pero ese es otro tema-

Fueron recobrando sus intenciones y cumpliendo sus funciones originales, mostrando toda la hermosura de su desnudez sin censura, libres de relacionarse y expresarse, con esplendor multicultural.


La palabra y el vocablo decidieron vivir felices en un lugar común.