Nació un árbol quimérico. Con ramas muy fuertes y robustas,
pero con flores de muchas especies, que se transformaban en una miscelánea de jugosos, nutritivos y aromáticos
frutos.
Acudieron a él centenas de aves, mariposas, abejas,
avispas, mariquitas, pulgones, moscas, gusanos… Completándose la cadena alimenticia.
Sin embargo, a los animalitos poco les importó comerse entre sí. Era mayor el
placer de las degustaciones de los frutos del árbol, y mientras más le comían,
más producía.
Llegaban jirafas, monos, osos, ardillas,
inclusive animales carnívoros, que aprendieron a disfrutar de su vastedad de manjares,
olvidándose de sus encarnizadas costumbres. Fue normal por ejemplo, que un chango
compartiera sus recolectas con un león, o elefantes sirviendo de escalera para
las liebres… En fin.
Llegó un tucán hambriento y cansado, al que aceptaron igual.
Se posó en una rama supuestamente de la izquierda y
en cuanto se repuso empezó a socializar para sobresalir, mediante largas argumentaciones
sobre la repartición equitativa, los
trabajos compartidos, el bienestar común…. Poca atención conseguía de los moradores de esa comunidad, atenidos a
las bondades del árbol y ajenos a esos preceptos, por no serles necesarios, en
su hermandad lograda.
Pero, las aves sí se encandilaron con el dichoso tucán y, promocionaron intensamente sus mensajes en
el exterior. No se hicieron esperar todos
los integrantes de la real rapiña, que a base de labia se granjearon al tucán, repartiéndose
los sitios de sus ramas más cercanas, para mantenerlo –por si acaso- fuera del
alcance de los demás animales y ayudar a administrar los frutos. El árbol se
enjutó y murió.



