Traductor :

martes, 8 de marzo de 2016

sábado, 5 de marzo de 2016

Del ansiado desenlace del robo, que tal vez no lo fuera

La gente circulaba... y la prisa de una señora malhumorada me sacó del romanticismo, con un leve empujón y su alarido: ¡Fíjese por dónde va, tonta!

-Ergh, perdón... ¿Ya vio qué maravilloso arcoiris hay? 

Me respondió con una mueca y pasó de largo. 

-¡¿Cómo se niega a admirar esa belleza?! ¡Cuánta dureza!, pensé.

Terca que soy, eso me incitó a insistir con otros caminantes a que lo disfrutarán, los invité con alegría y amabilidad, tenía que haber gente que apreciara un arcoiris. Pero después de mucho, solo recibí burlas, manoteos, encogimientos de hombros, insultos y lo que sentí peor: in-di-fe-ren-cia. 

Muy decepcionada, me senté en el piso donde no pudiera estorbar y me quedé con todo el arcoiris para mí sola... en eso, me llegó un niño:

-¿Qué  haces, te tiraron o te caiste?

Me enojó su pregunta, porque sí me sentía caída, pero disimulé y le dije sonriente:

- No... Estoy viendo.

-¿Qué?

-El arcoiris, en el tono más promocional que encontré.  No podía ahuyentar al único interesado.

-¡¿Qué?!

-Eso... Allá, señalé. ¡Es un arcoiris! ¡Míralo, qué lindo es! Era un niño muy bonito, con jeans, playerita, tenis rojos y una mochilita a la espalda, con juguetes, que se asomaban de ella, intrigados.

-¡Aaaah!... -y calla largamente y luego agrega- Sí  me gusta! ¿Para qué es? 

-Para verlo, para soñar, para jugar, para lo que quieras.  Sirve para todo y nos pone felices.

-¿De quién  es?

-De todos, de quien lo quiera.

Sin más... de un brinco lo arrancó. Y lo probó rápido como tobogán, columpio, cuerda, pelota, paracaídas, cometa, hula hula... jugaba y preguntaba, jugaba...

Y yo fascinada porque al fin alguien apreciaba aquello, le contaba porqué, cómo y cuándo. Todo sobre los arcoiris.

Al estar en lo de la vasija de oro, escuché pasos, volteo y veo a tres jóvenes de muy mal aspecto, sentí miedo, se acercaban a nosotros y antes de que me pudiera poner de pie, ya estaban junto a mí:

-¿Presta lumbre, doñita?, me preguntó uno, con un cigarrillo, y los otros dos se quedaron detrás de mí.

-No "hijo", fíjate que no traigo, con graaan amabilidad, tratando de que al decirle "hijo" pudiera tentar su corazón y con mi ilusoria teoría de que al tratar bien a un maleante se contiene, pero la verdad, ya me esperaba el golpe o  la punta de alguna arma de los otros dos, que ni me atrevía a intentar verlos.

-Ta bien, madrecita, gracias y se fueron, no miré su rumbo, porque apenas me reponía del susto. Aunque me sorprendió su "gracias". Más cordial el de mala pinta que los de buena pinta que encontré antes, jaja.

Y ¿el niño? ¡El niño! ¿Dónde está el niño? Me arrebaté y muy sobresaltada revisé en todas direcciones ¡El niñooo! Y ni pista ni huella de los tres jóvenes. ¡Se lo robaron!, acusé. Pregunté a la gente, recorrí calles, como loca (de por sí, ya había sido la loca de la tarde), qué cuentas rendiré a sus padres cuando me acusen de que por mi culpa... dónde están esos padres, qué hacen, porque un niño tan chiquito y lindo anda por las calles solito. Me eché toda la sociología encima, tratando de justificar la culpa que sentía por su rapto. Pero no me servía, era corresponsable. Ya me veía en la cárcel, con mi numerito al pecho, ¡Cómplice! Tráfico de menores. ¡Dios!!
. . .

Ya desgarrada, llorando, caminando más rapido, corriendo. Así iba, perdiendo a un niño del que no sabía ni su nombre, entonces que lo veo al fin, iba calle abajo, apresurado, muy aferrado a su gordona mochila, de la que pendía hasta el suelo un trozo de arcoiris. Aprovechó mi distracción  con los tres jóvenes para llevárselo.

                             FIN

"Es de todos, de quién lo quiera", me reproché habérselo dicho. Allí lo consentí. Entonces, ¿fue o no fue robó?, pero si no fue, porqué él iba tan apurado y mirando de vez en vez, si era seguido. Eso lo delataba. Sabía que me lo había robado, pero a mí me alegró que lo hiciera, pues pensé que ese arcoiris se iba a quedar flotando en la indiferencia.

                             

jueves, 3 de marzo de 2016

Continuación acerca del robo

No podría decir que esa tarde fuera fea, porque si me había ofrecido su mano para caminar juntas, en realidad era linda, por más gris que luciera.

Ni que "los arcoiris suelan escoger tardes feas para lucir ellos mucho más".

Estaba siendo muy retorcida, al adjudicarles ese temperamento seguramente equivocado. 

Siendo que podría ser Dios mismo, quien al ver alguna tarde que haya salido "sin chiste", le agregara un arcoiris, para darnos un sorprendente equilibrio.

Sentí  vergüenza por mis juicios, sin ningún soporte real, aunque fuera circunstancial y casual el caminar juntas esa vez, sin recurrencia posible... porque las tardes nacen, vienen a acompañarnos, ofreciéndonos un lapso para que lo usemos a nuestra elección y se van, para nunca más volver. Y, las usamos y gastamos "muy merecidos", porque nos llegan con una naturalidad  que ni les agradecemos, pues nada nos piden a cambio y al irse ni las extrañamos tampoco.

Incluso las inocentes y generosas tardes, mueren, siempre mueren, ante nuestros ojos y nos quedamos inmutables... Incluso, hasta lo gozamos ¿Cuántas veces hemos quedado prendados ante la muerte de una tarde? ¡Maravillados! Y con gran descaro tomamos fotos de cada detalle de su agonía, hasta que queda bien muertita y entre suspiros lo celebramos. Y quien diga que no, miente.

La gente pasaba a mi lado...

Pero sigue pendiente para la siguiente entrada lo del robo, que anticipo: fue en un tris, como suceden casi todos los robos importantes y más rápido que un tris, si andábamos todos evocando, reviviendo y clasificando besos, cuando el tema central podría estar en otra parte ; )