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martes, 29 de marzo de 2016

Compartíamos

Era tan común compartir. Si alguien obtenía algo cuantiosamente, de inmediato las mamás nos mandaban a los hijos a repartir, con la familia y los vecinos. Las mamás tomaban todas las decisiones de la casa, porque los hombres eran los proveedores, con todo lo que les costara lograrlo, con los pantalones bien fajados.

Íbamos: "Ahí le manda mi mamá". E igual los demás con nosotros. Una vida de "puertas abiertas", de mucho repartir y compartir.

Los favores, se hacían casi sin que se pidieran y sí era posible que no se supiera de parte de quién, mucho mejor. Para que no se sintiera en deuda esa persona. Lo único importante era que resolviera su bronca. No se cobraban ni se referían jamás los favores hechos. Y quien recibía, lo agradecía como algo muy natural, sin complejos.

Con el dinero también así era: directo, sin rodeos. Había palabra y vergüenza, era muy importante el honor,  siempre se daba la cara y de frente, sin miedo a sentirse expuestos, porque nadie exhibía a nadie. "A todo mundo se le podía atorar la carreta de repente"

Dentro de la familia... quien tenía, tenía para todos. Sin soberbias, ni competencias. Considerando lo material como lo más transitorio.

Fue como crecí, por eso es que soy tan utópica.

domingo, 27 de marzo de 2016

A domingo sabe la nieve

O, a nieve sabe el  domingo.

Con Juanita, aquella vecina de la niñez, solo era de un sabor.   Y moríamos de impaciencia por verla salir a su portal con el par de garrafas, para comprarle todos los mocosos del barrio.

Sabía a leche de vacas de verdad, azúcar morena de verdad con canela y un toque sutil de vainilla de verdad. Era de color rosa pálido, también de verdad.

Tanto que complican hoy elegir entre tantos sabores. Los he probado todos, en las cadenas de neverías, para terminar casi siempre pidiendo de nata, que es la que un poquillo puede parecerse a la que hacía Juanita...

Claro, ahora de saborizante artificial, con aditivos, esponjadores y cremas de de mentiras. Exquisitas, pero nunca como aquella, que por cierto, la hacía los sábados... Y sabían a domingo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Dragón de luz

Todo había sido destruido. La muerte suspendida en un columpio invisible, nos mecía en sus brazos… el frío nos endurecía.

Caían nuestros sentimientos, como gotas fraccionadas, en su vaivén. Siguió el derrumbe y quedamos sin forma, ni color, ni sonido, ni esencia. Totalmente acabados.

En esa oscuridad, desde las cenizas y el silencio, surgió algo parecido a un dragón, con una energía muy profunda, que sin estruendo alguno,  nos tocaba compasivamente.

Nuestros cuerpos volvieron a vibrar. Vimos a contraluz cada pedazo de nuestro ser y de los demás cuando iban reincorporándose.

La muerte y el odio aterrorizados nos soltaron. Por instinto nos sujetamos los humanos unos a otros, en una cadena sin fin, viéndolos desaparecer por completo.

Brotó nuestra sed de renacer. El Dragón voló y confiados lo seguimos, hasta elevarnos, en un sólo trazo de amor y luz.

Allí, Dios recuperó su fe, justo cuando estaba por aceptar, que el libre albedrío había sido un error y pensó: "Dios permita otra oportunidad".





*Reeditado, de febrero 2011.