Era tan común compartir. Si alguien obtenía algo cuantiosamente, de inmediato las mamás nos mandaban a los hijos a repartir, con la familia y los vecinos. Las mamás tomaban todas las decisiones de la casa, porque los hombres eran los proveedores, con todo lo que les costara lograrlo, con los pantalones bien fajados.
Íbamos: "Ahí le manda mi mamá". E igual los demás con nosotros. Una vida de "puertas abiertas", de mucho repartir y compartir.
Los favores, se hacían casi sin que se pidieran y sí era posible que no se supiera de parte de quién, mucho mejor. Para que no se sintiera en deuda esa persona. Lo único importante era que resolviera su bronca. No se cobraban ni se referían jamás los favores hechos. Y quien recibía, lo agradecía como algo muy natural, sin complejos.
Con el dinero también así era: directo, sin rodeos. Había palabra y vergüenza, era muy importante el honor, siempre se daba la cara y de frente, sin miedo a sentirse expuestos, porque nadie exhibía a nadie. "A todo mundo se le podía atorar la carreta de repente"
Dentro de la familia... quien tenía, tenía para todos. Sin soberbias, ni competencias. Considerando lo material como lo más transitorio.
Fue como crecí, por eso es que soy tan utópica.
