-- Má... ¿Vas a querer que te ayude hoy?
-- Sí, m'hijita, en cuanto termines tu tarea, te lavas muy bien las manitas y vas al taller.
Así pasamos esa primavera, mamá, mi tía y yo. Bordando aquel vestido de novia con una cauda de 19 metros, con chaquiras, lentejuelas, canutillos transparentes, blancos y nacarados como estrellas, destellos de lluvia y luna.
Aborrecí ese vestido, a esa novia, los vestidos de novia y esa temporada, en que no anduve la tarde entera en la calle con la pandilla, por estar entre tules, guipiures, encajes, shifones, flores, hilos, alfileres y agujas, mirando a los amigos entre puntada y puntada, desde la ventana, donde me sentaba para aprovechar la luz natural. Aunque solo era un par de horas, porque luego salía a jugar también. Me hice muy rápida bordadora para poder salir.
Y bien que me gustaba ayudar. A bordar aprendí, casi creo que antes que leer y escribir. Éramos 5 hermanos y mi madre apoyaba a mi padre, confeccionando vestidos de novia, para poder estar pendiente de la casa y de los hijos.
Fue un tiempo hermoso, porque platicábamos mucho mientras cosíamos. Fui de todos los hermanos, la que más conoció a mamá, por esas tardes íntimas. Para esa tía, no había tragedia tan fuerte, que no pudiera descoser, hilvanar y volver a coser, como cualquier prenda que hay que ajustar a una novia vanidosa ¿Para qué tanto trapo? ¿Acaso era garantía de felicidad marital?