Y resulta que siempre vamos de sorpresa en sorpresa. Cuando pensamos que al fin hemos llegado a la meta más deseada, más trabajada y más luchada, incluso merecida, algo sucede en un instante y hay que volver a empezar.
(Una tormenta, un vendaval, una mala acción, qué sé yo).
Ya hasta queremos darnos por vencidos, porque todo esperábamos menos otra mala circunstancia. Pero no. No le vamos a dar cabida a un mal desenlace, cuando íbamos por algo bien y haciendo bien, por el camino más largo, cediendo, aceptando, en silencio. Nada va a impedir que disfrutemos lo ganado con esfuerzo, mansedumbre y humildad.
* Puede ser mi asunto, puede ser tu asunto, puede ser el asunto de otros. Con toda la energía que aún tengamos, enfoquemos juntos nuestra intención, nuestra voluntad, nuestros actos, por que nos vaya bien después de todo.
Hay que hacer equipo, porque si no, nos vencen los sinsabores y los males, de los que muchos de nosotros, ya hemos tenido bastante y no nos corresponde aceptar ni una sola vez más sufrir injustamente. A sacar energía desde lo más recóndito, para hacer milagros.
¡Dios nos bendiga amigos! Qué no haya nadie caído, ni vencido.