La primera vez que se inconformó, era pequeña. Su maestro le dijo, ¡dígamelo por escrito, lo firma y le creo! Rápido tomó su cuaderno y escribió dos cuartillas, en lo que transcurría la clase. Dejó su inconformidad sobre el escritorio y salió al recreo.
Cuando regresaban, el maestro le dijo, la esperan en la dirección. Fue a la dirección algo nerviosa. La directora tenía en sus manos el escrito. -¿Así que usted está inconforme? dígame lo que usted haría para que las cosas funcionaran mejor, por escrito y me lo firma, para creerle. Lo hizo. Las cosas mejoraron radicalmente.
Después, peleó con su hermano. Se sintió triste, al verla llorar su madre le dijo: Dile lo que sientes por escrito y verás lo que pasa... Lo firmas. Rápido lo hizo y en cuanto su hermano leyó su nota, volvió a ser el mismo de siempre.
Anduvo por doquier, observando, escribiendo, firmando, inconformándose, escribiendo, firmando. Sintió que lápiz y papel eran su equivalente a varita mágica. Sabía que papel firmado era más que juramento y que nadie que leyera sus escritos podría dudar de ella, ni ignorar sus apreciaciones, influía, siempre influía. Siempre algo sucedía cuando escribía. Así fue viviendo, escribiendo, viviendo, hasta crecer.
Los problemas también fueron creciendo. O quizá, ella empezó a ver más. De inmediato tomaba hoja y pluma, y dirigía al responsable sus comentarios, sugerencias, peticiones y exigencias. Abundaban responsables y culpables. Pero aún cuando leían sus escritos, no había respuestas, ni soluciones, ni cambios. Ella, más mayor, escribía más directo, más fuerte, más firme y decidida. Todo empeoró...
Ahora, encerrada escribe cuentos infantiles, canciones y lee poesía, para no inconformarse. Se asoma de vez en cuando a su libertad. Llora. Sus escritos son muy dulces. Pero, ya no los firma, porque ella no cree que sea quien los escribe. No se conoce. No se cree. Siente coraje hacia aquél maestro, que recuerda en blanco y negro, cuando sueña... por escrito.


