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jueves, 4 de julio de 2013

Tan poco




Perdí  la risa. Ese día, se me fue la vida. El destino me removió furioso cada color, cada trazo;  perdiéndose en el acto, todo lo asequible y lo necesario, para seguir.

“Que el tiempo cura todo”, pero nadie cita las excepciones. Ya pasó una eternidad y sigue el mismo sabor a vacío, que me hostiga, desde que me fuiste arrancado.

Sin invocarlas, me asedian las imágenes de nosotros felices, iluminados, totales. Capaces de inventar diferentes todos los días.  Loca creatividad de nuestro demasiado amor.

Todavía me agita la visión de tu rostro endurecido, con la sonrisa forzada, con que pretendiste encubrir tu dolor, cuando ni despedirnos nos dejó, aquél destructor final.

A ti también se te fugó la vida, querido, lo sé…  fue un desahucio: injusto, insalvable, para siempre.. Que lo bueno dura tan poco...

domingo, 30 de junio de 2013

El farol


Hicieron una gran fiesta en el primer pueblo, en el que instalaron los primeros faroles de alumbrado público, de toda la historia. Y, mediante una votación -dando relevancia al aprecio y renombre- designaron a los encargados de encender y apagar manualmente, cada día, el interruptor instalado más cerca de su casa.

Eligieron a sus suplentes, para las vacaciones o cuando no pudieran hacerlo, solo por causas de fuerza mayor, no pudiendo ausentarse por más de una semana. Falta que se calificaría como grave, ya que el cargo representaba un honor para cualquier jefe de familia.

Cuentan que durante quince días, un encargado se desentendió de su tarea, sin notificación alguna, pues se prendó de una bailarina que llegó con una caravana de artistas. Ni su suplente, ni los vecinos lo ayudaron, ya que no estaba permitido hacerlo, siendo que no presentó un justificante por escrito de sus ausencias, como estipularon en el reglamento que redactaron ante notario, el día de las asignaciones. Sin derecho a ninguna defensa, lo destituyeron.   

Y su esposa lo abandonó, porque el mantener esos días su luz apagada, la llenó de vergüenza, dando motivo para que se corrieran por el pueblo todo tipo de rumores…

A ella, quien sobradamente sabía las razones, pues “la esposa engañada, aunque sea la última en reconocerlo, siempre es la primera en saberlo”, no le importó tanto el tropiezo y que llegara casi al alba, ya que hacía tiempo que la relación entre ellos era más bien simple apariencia, “que por los hijos” y demás…

Lo que no pudo perdonarle fue: Que todos los vecinos se dieron cuenta de que no había encendido su farol: ¡Eso sí fue una falta de respeto imperdonable para ella!

Así que sin ninguna contemplación, lo abandonó y después el señor también huyó del pueblo, pues lo repudiaron desde ese incidente.

Para evitar ese tipo de problemas, después inventaron el alumbrado público automatizado.

miércoles, 26 de junio de 2013

La tragedia de los gordos



Cuentan los aldeanos, que todos nacieron iguales, pero que un día les cayó una maldición.  A unos pocos de ellos, se les presentó la ocasión de comer en demasía… todo tipo de manjares, como si el mundo se fuera a acabar, hasta que ya no pudieron parar: se hicieron adictos a comer. Y dicen que desde entonces, no descansan, pues lo único que les importa, es ser más y más gordos. Obsesionados, ellos.

Paradójicamente, exigen a las mujeres de su propiedad, para conservar su sitio preferencial, ser bellas, divertidas, jóvenes, y principalmente: ¡delgadas! Ellas, les complacen en todo, se hacen adictas a los lujos que les otorgan los gordos, con que palian cualquier desdicha, que ellos les causan. Pues ellas, también, un día probaron y ya no pudieron detenerse.

Cuando los gordos se divierten con las otras o los otros, pues de tanto probar, llega el momento en que todo les sabe igual; las mandan a ellas, para que no estén de oquis, a hacer “obras caridad” hacia los flacos. Flacos a los que ellas detestan, lo mismo que los flacos a ellas; pero es como compran prestigio y condecoraciones, para las fotos de diarios y revistas del glamur, para que sus gordos puedan engordar más aún. 

Esa es la tragedia de la aldea. Los flacos dependen de ellas, ellas dependen de los gordos, y los gordos de los flacos; para poder, gracias a ellos, seguir engordando más y más y más. Ese triángulo, se transforma en círculo, haciendo que todos los habitantes de la aldea corran como hámsteres, en la rueda de la que ninguno logra salir disparado, pues es la misma rueda, que entre todos se esfuerzan por mantener girando y de la cual nadie quiere realmente bajarse.