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domingo, 7 de julio de 2013

El segundo vals



Don Mariano salió decidido de su casa, dejándose guiar por la memoria y la firmeza de su bastón, al que ya más bien iba colgado como un hilacho, por la fragilidad que a su cuerpo, le trajo la edad. Bajó muy raudo los declives del camino, de su pueblo minero, hasta llegar al puente que conecta con las oficinas principales de gobierno. 

Frente a la reja que resguarda el edificio, muy cerca de la entrada principal, tomó aliento, ojeó alrededor, se quitó el sombrero, lo puso a un lado de su bastón en el suelo. Rezó una oración, calculó, midió, probó y se ajustó la soga, con el mismo entusiasmo con que se pusiera la corbata el día en que se casó con Mercedes, décadas antes, en la misma fecha y hora. Miró al cielo y se dejó caer de rodillas, confiando en que no le serían útiles al arrepentimiento. 

Fueron escasos y acariciantes segundos, comparado con la asfixia de sus últimos años: viudo, anciano, enfermo y sin pensión, como todos los que como él, dejaron todo lo que fueron dentro de la mina, en que al cerrarla, ni para emprender en pequeño, les indemnizaron.  

Mercedes y sus amigos de siempre, lo recibieron con demasiada felicidad, con su platillo favorito, la mesa puesta y tortillitas recién hechas a mano. Fue muy fácil con su determinación, salirse de un solo intento de aquél cuerpo destartalado y tembleque,  para elevarse y bailar su segundo vals, con su mujer, irresistible… seductora y olor de gardenia.

jueves, 4 de julio de 2013

Tan poco




Perdí  la risa. Ese día, se me fue la vida. El destino me removió furioso cada color, cada trazo;  perdiéndose en el acto, todo lo asequible y lo necesario, para seguir.

“Que el tiempo cura todo”, pero nadie cita las excepciones. Ya pasó una eternidad y sigue el mismo sabor a vacío, que me hostiga, desde que me fuiste arrancado.

Sin invocarlas, me asedian las imágenes de nosotros felices, iluminados, totales. Capaces de inventar diferentes todos los días.  Loca creatividad de nuestro demasiado amor.

Todavía me agita la visión de tu rostro endurecido, con la sonrisa forzada, con que pretendiste encubrir tu dolor, cuando ni despedirnos nos dejó, aquél destructor final.

A ti también se te fugó la vida, querido, lo sé…  fue un desahucio: injusto, insalvable, para siempre.. Que lo bueno dura tan poco...

domingo, 30 de junio de 2013

El farol


Hicieron una gran fiesta en el primer pueblo, en el que instalaron los primeros faroles de alumbrado público, de toda la historia. Y, mediante una votación -dando relevancia al aprecio y renombre- designaron a los encargados de encender y apagar manualmente, cada día, el interruptor instalado más cerca de su casa.

Eligieron a sus suplentes, para las vacaciones o cuando no pudieran hacerlo, solo por causas de fuerza mayor, no pudiendo ausentarse por más de una semana. Falta que se calificaría como grave, ya que el cargo representaba un honor para cualquier jefe de familia.

Cuentan que durante quince días, un encargado se desentendió de su tarea, sin notificación alguna, pues se prendó de una bailarina que llegó con una caravana de artistas. Ni su suplente, ni los vecinos lo ayudaron, ya que no estaba permitido hacerlo, siendo que no presentó un justificante por escrito de sus ausencias, como estipularon en el reglamento que redactaron ante notario, el día de las asignaciones. Sin derecho a ninguna defensa, lo destituyeron.   

Y su esposa lo abandonó, porque el mantener esos días su luz apagada, la llenó de vergüenza, dando motivo para que se corrieran por el pueblo todo tipo de rumores…

A ella, quien sobradamente sabía las razones, pues “la esposa engañada, aunque sea la última en reconocerlo, siempre es la primera en saberlo”, no le importó tanto el tropiezo y que llegara casi al alba, ya que hacía tiempo que la relación entre ellos era más bien simple apariencia, “que por los hijos” y demás…

Lo que no pudo perdonarle fue: Que todos los vecinos se dieron cuenta de que no había encendido su farol: ¡Eso sí fue una falta de respeto imperdonable para ella!

Así que sin ninguna contemplación, lo abandonó y después el señor también huyó del pueblo, pues lo repudiaron desde ese incidente.

Para evitar ese tipo de problemas, después inventaron el alumbrado público automatizado.