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lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Por qué?


¿Por qué no discutir lo que cala?
¿Por qué no aclarar lo que confunde?
¿Por qué no expresar lo que pensamos?
¿Por qué no afrontar hablando los problemas?
¿Por qué no dialogar sobre las inconformidades?
¿Por qué no usar las palabras para entendernos?
¿Por qué no aprovecharlo para crecer?

¿Para qué nos sirve aparentar lo que no somos, no ante otros, sino ante nosotros?

¿A quién diablos se le ocurrió la idea de que lo que nos incomoda o duele o daña o destruye, lo tenemos que guardar en estoicos baúles de silencio?

Tengo un defecto ante los demás ¡muy grande!... expreso en el momento lo que pienso... allí, en el acto, conforme van deslizándose las palabras desde mi cerebro hasta la boca, llega el viento que se lleva todo lo dañino muy lejos de mí y simultáneamente, refresca mi corazón... y del corazón ese viento llega hasta mi cerebro y me instala en sustitución el olvido, y en el olvido llega la sanación con el perdón.

¿Para qué me serviría entonces, guardar lo que me duele... en el momento cuando me duele, si al verbalizarlo, lo suelto? 

Tendré que analizar muy a fondo, si conservo lo que es ante los demás mi peor defecto, o lo intensifico. Pues a mí la evasión o el silencio, no me sirve para olvidar, ni para perdonar... 

Pero a los demás no les gusta que discutamos lo que los implica, siendo que es la única forma que tengo más que probada, para resarcir y restaurar mi corazón, cada vez que por alguna circunstancia queda hecho añicos. ¿Quién carajos dijo que las palabras son para callarlas? Y ¿por qué es ofensivo expresar la inconformidad ante la ruindad? ¡Uy! y si acaso ruindad lo expreso como "hijoputez", ante algo que rebasa la ruindad y solo el adjetivo utilizado lo puede describir, la ofensa puede ser para siempre.

¡Carajo! entonces, ¿cómo puedo decir "No la chingues... que me estás jodiendo", cuando así sea. Y ¿por qué es más importante el adjetivo que el acto, el resultado o la evidencia? ¡Chingado!

viernes, 13 de diciembre de 2013

Dos preguntas

Exigimos limpieza, armonía, justicia, libertad, lealtad, generosidad... etcétera. 

¿Cuántos de nosotros, somos tan limpios, armónicos, justos, leales, generosos, como para exigirlo?

Nos fallan, nos mienten, nos estafan, nos burlan, nos decepcionan... ¡Es cierto! 

¿Qué estamos dispuestos a cambiar, a mejorar, a dar de nosotros, o  por lo menos dentro de nosotros? 






viernes, 6 de diciembre de 2013

Sobran razones

Sobran razones para desconfiar, para descreer, para odiar y morirnos en vida. Cuesta trabajo despertar ante un mundo secuestrado, en que se han democratizado las injusticias y las sinrazones. No porque a todos nos vaya mal;  por costumbre, solo le va mal al pueblo, y, al sumar pueblo tras pueblo, ya nos vamos generalizando, globalizando y democratizando en el mal estar y vivir.

Mueren los hombres buenos, mueren las mujeres buenas. Duele, se siente el sufrimiento, en la piel en los ojos, y en algo que nos queda muy adentro, que quizá ni tengamos, pero a mí me tranquiliza creer que más adentro que las vísceras, algo bueno tenemos.

Esas personas, aun cautivos, humillados e incomprendidos, siempre encontraron la manera de ser libres, liberando su alma, para desde el fracaso constante, mantenerse luchando por otros, antes que por ellos, y resistir y sobrevivir, sin abandonar la ruta del amor, desafiando todos los obstáculos que les erigieron para inmovilizarlos.

Podemos seguir esos escasos ejemplos, que se están agotando, de hombres y mujeres buenos, para ser pequeñas e ignoradas luces, ante la inmensa oscuridad, o echarnos a perder en 3 segundos, con las sobradas razones para desconfiar... descreer... De cada uno depende descubrir lo conveniente, es elección personal.