Había una vez...
Una bruja muy fea, muy fea, que se casó con el príncipe. Tras largos años de soportar vicisitudes variopintas con su nada dócil consorte, con la familia de este y con el pueblo que no la quería, un día neblinoso se convirtió en reina. Para colmo, en medio de una gran crisis social y económica mundial.
Consciente de todas esas contras y con el ferviente deseo de no quedar para la posteridad como la más fea del cuento, inteligente como pocas, se las ingenió en convencer al ahora rey, de vender todos los bienes materiales del reino, para destinar esos fondos a nivelar las condiciones de vida del pueblo empobrecido, debido a siglos y más siglos de desigualdad, injusticia y explotación, provocada por castas como a la que ahora pertenecía y que en el fondo ella misma detestaba.
Luego, liberaron territorios que estaban bajo la dominación del reino y favorecieron a los despojados y desprotegidos restantes.
Convertida en reina, esa bruja otrora muy fea, con sus acciones, logró el perdón del pueblo. Incluso se dijo que hasta llegaron a aprobarla y quererla.
Ya con su prestigio muy recompuesto, se fue con su marido al bosque, donde vivieron muy tranquilos y felices en una sencilla cabaña.
Su conciencia limpia, actuó como el beso al sapo, dejando al descubierto, a la mujer realmente hermosa que tanto lastre había mantenido oculta.