Me gustan las historias con finales felices, ese tipo de finales que dejan imaginar que serán el principio de algo muy bueno, después de mucho luchar por alcanzarlo. La llegada a una meta muy deseada. Ese dulce momento.
Después de un proceso en que se fueron superando todo tipo de pruebas y sacrificios para llegar hasta "allí", hasta "aquí". A veces cayendo, a veces casi desfalleciendo, con la idea de lo que puede ser como única fuerza para seguir avanzando, como el conejo tras la zanahoria, como el galgo tras el conejo, sin siquiera considerar que se podría no llegar.
Me gustan esos finales que son el principio deseado, que para permanecer en el estado de cosas alcanzado, sin duda, requerirá otra larga serie de esfuerzos de todos tipos y magnitudes, pero con un significado supremo: el bien colectivo.
Me gusta cuando el pueblo se levanta a demostrar que es más.
¡Bien! Siempre será posible darle un bofetón a un sistema que ha demostrado todas sus desventajas. Ya no se puede tapar el sol con un dedo. Ya las propagandas no someten, ni manipulan, porque todo se sabe al instante y el pueblo unido... hace milagros.
