Cuentan los aldeanos, que todos
nacieron iguales, pero que un día les cayó una maldición. A unos pocos de ellos, se les presentó la ocasión de comer en demasía… todo tipo de manjares, como si el mundo se fuera a acabar, hasta que ya no
pudieron parar: se hicieron adictos a comer. Y dicen que desde entonces, no
descansan, pues lo único que les importa, es ser más y más gordos.
Obsesionados, ellos.
Paradójicamente, exigen a las mujeres
de su propiedad, para conservar su sitio preferencial,
ser bellas, divertidas, jóvenes, y principalmente: ¡delgadas! Ellas, les complacen en todo, se hacen
adictas a los lujos que les otorgan los gordos, con que palian cualquier desdicha, que ellos les causan. Pues ellas, también, un día probaron y ya no
pudieron detenerse.
Cuando los gordos se divierten
con las otras o los otros, pues de tanto probar, llega el
momento en que todo les sabe igual; las mandan a ellas, para que no estén de
oquis, a hacer “obras caridad” hacia los flacos. Flacos a los que ellas detestan, lo mismo que los flacos a ellas;
pero es como compran prestigio y condecoraciones, para las fotos de diarios y
revistas del glamur, para que sus gordos puedan engordar más aún.
Esa es la tragedia de la aldea. Los
flacos dependen de ellas, ellas dependen de los gordos, y los gordos de los
flacos; para poder, gracias a ellos, seguir engordando más y más y más. Ese
triángulo, se transforma en círculo, haciendo que todos los habitantes de la
aldea corran como hámsteres, en la rueda de la que ninguno logra salir
disparado, pues es la misma rueda, que entre todos se esfuerzan por mantener
girando y de la cual nadie quiere realmente bajarse.















