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domingo, 14 de julio de 2013

Válgame



Suficientemente adulto y con tiempo libre, desde su jubilación, pero hastiado de los lugares comunes con sus amigos, se creó una isla de la cuál un día quiso salir, socializando con cuanta persona iba topándose en lo cotidiano, que hasta citó a los visitadores de ”Los días excepcionales y prometidos que están por venir si te descuidas”, a quienes siempre había mantenido a raya, de feísima manera. 

Les recibió con bocaditos y limonada con hielo frappé,  yerbabuena escarchada en azúcar glass, cereza y demás, y para él, un anisadito –que  también ofreció a ellos, pero que le rechazaron, por el alcohol. 

-A ver, me interesó, que me dijeron que deseaban ¡Mucho! que platicáramos... ¿De qué podría ser? 

-Bueno, nosotros queremos platicar contigo de... la vida… el amor,  las relaciones… los pecados… las virtudes… las creencias –Fueron intercalando los dos chamacos rubios, tímidos y demasiado precavidos-

-¡Válgame Dios! ¿Y para eso estuvieron dándome tantas vueltas?… siendo tan sencillo, si hubieran ido al grano desde la primera vez ¡Ay qué pena siento! Por favor, ¡discúlpenme! ¿Qué habrán pensado de mi… apatía y falta de… consideración. 

-No importa, no te sientas mal… nunca es tarde… para un acercamiento…"hermano" -Contestaron a coro-

-Bueno… siendo así, por dónde quieren que empecemos. ¿Qué es lo que con tanta intensidad, desean que les explique, este viejo?

  

martes, 9 de julio de 2013

¿Tá Saldita?



¡Las dos palabras mágicas que me abrieron a la amistad!  Yo tendría 5 años. Frente a nuestra casa, vivía Matilde, más chiquita, me descubrió y un día llegó a mi casa, quizá tendría unos 3 años, todavía con dificultad para pronunciar ciertas palabras, como mi nombre, pero con excelentes ideas y motricidad… fue quien me enseñó a jugar fuera de casa, a caminar descalza, a comer hormiguitas, o a quemarlas con una lupa de su abuelo y sol, a comer bocados de adobe, combinados con moras y duraznos, sin lavar, de los árboles de su patio, al que trepábamos ayudadas de una soga huraña, enlazada a una rama, que nunca se cansó de rasgarnos la piel. 

Matilde adoraba la pastelería, ella hacía el batido del lodo, el horneado, en formitas o cajitas de lo que fuera, al sol, en lo que jugábamos a otra cosa y luego ya desmoldados,  yo las decoraba…  ya sabes, con piedritas, ramas, pétalos de flores.  También hacíamos tinturas o perfumes, con todo tipo de ingredientes naturales que molíamos en un mortero improvisado.

Yo le compartí a mis duendes y hadas que vivían en el hongo, debajo del álamo de mi casa. Ellos, felices, nos incitaban, nos daban mil ideas, que nosotras realizábamos con bastante soltura, la misma que me fracturó un brazo, cuando terminé en el piso las “ruedas de carro” que ejecutaba sobre la barda, nuestra "barra de equilibrio”. Quisimos no divulgar ese percance gimnástico, pero mis chillidos, nos delataron.  ¡Ni me dolía tanto!, pero lloré y lloré, al ver mi codo del lado contrario a donde por lo general  lo llevamos puesto. A mi madre se le desorbitaron los ojos  y casi se desmayó. Ya con yeso -aunque nos reímos mucho (Matilde, duendes y yo) después de mi caída- me dolía más el 5 con que calificaron mi acto duendes y Matilde, que el brazo;  pues ella, mucho más chirota* que yo, siempre me ganaba y por nada lloraba... solo una vez, de rabia, cuando me burlé porque no podía brincar con los dos pies simultáneamente. Muy digna se fue, lo intentó sola y un día regresó para mostrarme que ya podía… abrazadas celebramos, precisamente con brincos y más brincos.  Jaja!

En la eternidad de mi convalecencia, tuvimos que acatar no chirotear. Transcurrían las tardes y nosotras sentaditas en los escalones de mi casa, o coloreando, comiendo dulces o heladitos de fruta, que hacíamos… y así. Yo le contaba cuentos y ella a mí supersticiones y mitos, ni idea cómo las aprendía.  Poseía demasiados dones, agarraba moscas, las echaba en las telarañas, y cuando salían las viudas negras a comerlas, las mataba a pedradas.  Fue tan generosa, lo que a mi mamá le disgustaba horrores… pues me compartía todo lo que sabía y lo que tenía, incluyendo piojos, ¿qué había de malo?, siendo tan mi amiga, con todo y que nunca pudo decir bien mi nombre… era alegrísimo escucharla: -¿Ta Saldita? -cuando llegaba por mí, para que saliéramos a jugar-



*Autobiográfico
*¿Está Sarita? = ¿Tá Saldita?
*Chirota: palabra que ya casi no se escucha, pero que se usaba mucho: inquieta, vaga, traviesa, atravancada, brusca, solo en femenino.

domingo, 7 de julio de 2013

El segundo vals



Don Mariano salió decidido de su casa, dejándose guiar por la memoria y la firmeza de su bastón, al que ya más bien iba colgado como un hilacho, por la fragilidad que a su cuerpo, le trajo la edad. Bajó muy raudo los declives del camino, de su pueblo minero, hasta llegar al puente que conecta con las oficinas principales de gobierno. 

Frente a la reja que resguarda el edificio, muy cerca de la entrada principal, tomó aliento, ojeó alrededor, se quitó el sombrero, lo puso a un lado de su bastón en el suelo. Rezó una oración, calculó, midió, probó y se ajustó la soga, con el mismo entusiasmo con que se pusiera la corbata el día en que se casó con Mercedes, décadas antes, en la misma fecha y hora. Miró al cielo y se dejó caer de rodillas, confiando en que no le serían útiles al arrepentimiento. 

Fueron escasos y acariciantes segundos, comparado con la asfixia de sus últimos años: viudo, anciano, enfermo y sin pensión, como todos los que como él, dejaron todo lo que fueron dentro de la mina, en que al cerrarla, ni para emprender en pequeño, les indemnizaron.  

Mercedes y sus amigos de siempre, lo recibieron con demasiada felicidad, con su platillo favorito, la mesa puesta y tortillitas recién hechas a mano. Fue muy fácil con su determinación, salirse de un solo intento de aquél cuerpo destartalado y tembleque,  para elevarse y bailar su segundo vals, con su mujer, irresistible… seductora y olor de gardenia.

jueves, 4 de julio de 2013

Tan poco




Perdí  la risa. Ese día, se me fue la vida. El destino me removió furioso cada color, cada trazo;  perdiéndose en el acto, todo lo asequible y lo necesario, para seguir.

“Que el tiempo cura todo”, pero nadie cita las excepciones. Ya pasó una eternidad y sigue el mismo sabor a vacío, que me hostiga, desde que me fuiste arrancado.

Sin invocarlas, me asedian las imágenes de nosotros felices, iluminados, totales. Capaces de inventar diferentes todos los días.  Loca creatividad de nuestro demasiado amor.

Todavía me agita la visión de tu rostro endurecido, con la sonrisa forzada, con que pretendiste encubrir tu dolor, cuando ni despedirnos nos dejó, aquél destructor final.

A ti también se te fugó la vida, querido, lo sé…  fue un desahucio: injusto, insalvable, para siempre.. Que lo bueno dura tan poco...

domingo, 30 de junio de 2013

El farol


Hicieron una gran fiesta en el primer pueblo, en el que instalaron los primeros faroles de alumbrado público, de toda la historia. Y, mediante una votación -dando relevancia al aprecio y renombre- designaron a los encargados de encender y apagar manualmente, cada día, el interruptor instalado más cerca de su casa.

Eligieron a sus suplentes, para las vacaciones o cuando no pudieran hacerlo, solo por causas de fuerza mayor, no pudiendo ausentarse por más de una semana. Falta que se calificaría como grave, ya que el cargo representaba un honor para cualquier jefe de familia.

Cuentan que durante quince días, un encargado se desentendió de su tarea, sin notificación alguna, pues se prendó de una bailarina que llegó con una caravana de artistas. Ni su suplente, ni los vecinos lo ayudaron, ya que no estaba permitido hacerlo, siendo que no presentó un justificante por escrito de sus ausencias, como estipularon en el reglamento que redactaron ante notario, el día de las asignaciones. Sin derecho a ninguna defensa, lo destituyeron.   

Y su esposa lo abandonó, porque el mantener esos días su luz apagada, la llenó de vergüenza, dando motivo para que se corrieran por el pueblo todo tipo de rumores…

A ella, quien sobradamente sabía las razones, pues “la esposa engañada, aunque sea la última en reconocerlo, siempre es la primera en saberlo”, no le importó tanto el tropiezo y que llegara casi al alba, ya que hacía tiempo que la relación entre ellos era más bien simple apariencia, “que por los hijos” y demás…

Lo que no pudo perdonarle fue: Que todos los vecinos se dieron cuenta de que no había encendido su farol: ¡Eso sí fue una falta de respeto imperdonable para ella!

Así que sin ninguna contemplación, lo abandonó y después el señor también huyó del pueblo, pues lo repudiaron desde ese incidente.

Para evitar ese tipo de problemas, después inventaron el alumbrado público automatizado.