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sábado, 2 de abril de 2011

Todas las Primaveras

Igualita, así estoy hoy, pero sin el gatito y sí con Guango (Mi chihuahua pelo largo irreverente)

¡Cuánto cuesta aprender a vivir! Hay que darnos algunos o muchos trastazos muy fuertes para lograrlo. Dolorosos, sangrantes. Porque nos creemos muy “papas fritas” y que la vida tiene la obligación de darnos todo “de a gratis”, por nuestra linda cara,  sin que demos casi nada a cambio o de plano nada.

Según nuestros defectos, vamos recibiendo justamente lo que necesitamos, lo que más nos duela. Si somos vanidosos, ambiciosos,  soberbios… Más temprano que tarde nos llega el golpe a la medida de nuestros defectos, que nos arrodilla, para obligarnos a escudriñarnos. Hay quienes corren con mucha suerte o son más  maquiavélicos, pues  parece que nunca tendrán su merecido. Pero de que les llega les llega, así que no hay que preocuparnos por ellos.

Culpamos a los demás de nuestros problemas, de los maltratos, de las traiciones, de todo lo que nos pasa. En un espejismo muy irresponsable, por nuestra resistencia a mirarnos al espejo. Creamos miles y miles de máscaras, para mimetizarnos, para simularnos, disimularnos,  brillar, engañar, engatusar… Según nos convenga. Somos convenencieros.

Pero, a través de una o muchas pequeñas o grandes pérdidas, tenemos que sentarnos en nuestro propio banquillo de los acusados, e ir despojándonos, paulatina y cadencialmente de todos nuestros ropajes, uno a uno, como cuando en una tarde muy fría, regresamos a casa y arrojamos bufanda, abrigo, guantes, botas, suéter,  etc. Un streep tease privado y personal, hasta llegar a la piel viva de nuestra naturaleza…

Piel enrojecida y ardiente, llena de rencores punzantes, agudos, corajes acumulados en un buen número de años. Algunos ni siquiera propios, sino genéticos. Estamos a solas y no podemos esconder más esa allagada piel, ya hecha fuego. Algunos escogen las evasiones, hay muchos tipos de evasiones; otros si aprovechan  esa oportunidad y eligen restregar con jabón, con árnica, lejía, con algún abrasivo hasta que sangre, hasta encontrar el tejido vivo de todas las propias culpas, para regenerarlo.

Es cuando podemos volver a la primavera interna. Eliminando nuestros defectos, para reconstruir nuestra personalidad, con el material que nos quede ileso, aunque solo sea un pedacito, con lo que quede es suficiente. Perdonarnos, aceptarnos para luego conquistarnos. Liberados, ¡Libres!, frescos, primaverales y ya no tan papas fritas como al principio de la travesía.

Para esto ya aprendimos de humildad, modestia, mansedad, lo que llaman "perfil bajo" y aceptamos lo insignificantes y diminutos que somos ante la grandeza cósmica y la divinidad. El ego ya no es cosa importante.

Porque ya conocemos a fondo nuestra potencialidad y la ponemos en práctica a través del amor, haciendo ese amor nuestro alimento fundamental, el más importante. Para, ahora sí de verdad, empezar a dar y aprender a recibir. Aceptar y ya no tratar de llegar primero o más alto, pues ya estamos siendo una pieza más del todo y a la vez, eso nos posiciona más alto que nunca antes y estamos preparados para:

Tomar dóciles todo lo que nos brinden, sin recelo, sin desconfianza. Porque a la nueva persona  en que nos convertimos, solo le llegaran cosas favorables. Pues ya somos dotadores, dadores. Ya tenemos qué dar. El amor, el auténtico, el que es inagotable. Tengamos 17 o 100 años, empezamos a ser cada día una primavera para nosotros y para los demás, floreciendo en cada contacto, en cada relación, en cada detalle.

Inmensamente deseo que todos vayamos conectándonos para renacer, alcanzar todas las primaveras, así  tengamos el frío más inclemente, así soportemos los contratiempos más atroces. Urge que volvamos a ser humanos, no números, ni robots, ni zombis, ni máquinas de hacer y dinero o coleccionistas de primeros lugares y premios; sino desechar tanta inutilidad y regresar a lo esencial, que está dentro de nosotros, es invaluable y lo único real y necesario.  Tan simple, tan a la mano.

Súbele al volumen y deja a tu alma vuelva a los diecisiete:


6 comentarios:

  1. Efectivamente. No en vano se escribió que "Dar es señorío y recibir es servidumbre" y, en el sentido de tu artículo, toma la frase mucho sentido o, mejor, su sentido verdadero. Para poder y saber dar hay que alcanzar un estado de persona muy depurado y limpio.

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  2. Respecto al dar hay que aprender a hacerlo con humildad y no con soberbia. "Te doy porque empatizo contigo y sé lo que estás viviendo, no porque yo sea más que tú",
    Hay quienes dan por sentirse más que el otro y en vez de un acto solidario se convierte en insulto. No sé si me hará podido explicar.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Sí que te has explicado. Pero yo me refería más a las personas que, tras un proceso personal que las eleva, se dan a sí mismas a los demás. Pero elegí una frase demasiado pomposa y que, según se mire, puede denotar soberbia. Mal por mi parte.

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    2. Yo lo invertiría. Que el acto de dar después de ese proceso individual previo, sea servidumbre, respetando el señorío de los demás. Dignificarlos. Poner todo ese potencial al servicio de ellos... y eso, asegurándose antes de que los demás no solo lo necesitan, sino que también desean la ayuda.
      Cometemos con frecuencia el error de creer que están mal a nuestro criterio y luego resulta que ellos así querían estar.
      Abrazo.

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    3. Admirable su finura, señora. Ahora, lo dicho, sí que me parece bien dicho.
      Un abrazo.

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    4. Me alegro de que mi oratoria te haya convencido. Jajaja. Me sentí en el Ágora.
      Un amable saludo.
      * Pues yo anduve haciendo jardinería y creeme que hasta me bronceé del sol tan abrasador que ya tenemos.
      Hasta pronto.

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¡Gracias por tu comentario y tu alegría!

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