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lunes, 20 de enero de 2020

Mi gallo

De buenas a primeras, pasó un gallo ante la puerta de mi casa. "Eeeh, y ese,  de dónde será... Ya vendrá su dueño por él", pensé.

Muy orondo, se paseaba por las aceras, por la calle y por los dos parques. Ya era invierno y su dueño, no apareció, ni ese día, ni los siguientes.

Los vecinos adultos, fácil se adivina... no se enteraron de su presencia. Pero sí sus niños, y estos, solo para tratar de lastimarlo.

Lo que fui resolviendo al modo convencional:

¡Ey, déeeeeejalo, no lo toques, no lo apedrees, no lo aprietes, no le retuerzas el pescuezo... es un animalito indefenso... por Dios, mocoso del carajo, que lo dejes,  entiende! ¡Te haré yo a ti, lo que tú le hagas a él, ¡recabróoon! ¡Suelta!

Así de cordial y fina, fue mi dinámica de convivencia, con esos ángeles, hijos de quienes tampoco eso supieron, porque viven ajenos a lo de sus hijos.

Ante su triste abandono, decidí alimentarlo. Pero ya muy desconfiado y arisco, por los constantes ataques de los tales por cuales mocosos; con gritos pavorosos y amenazas de acabar conmigo a picotazos, me ahuyentaba.

De tal forma que gritaba él, gritaba yo, se asustaba él y me asustaba yo... Nos íbamos alternando.

Entonces, me concreté a dejarle rápido, en algún lugar lo más lejos de él, comida y agua, que devoraba, en cuanto se aseguraba de haberse quedado solo, en sus dominios.

Fue el comienzo. (Continuará)